Por: Valentina Coccia

Mariposas negras

A Ricardo Silva Romero, emérito escritor.

Querido Ricardo:

Usted y yo no nos conocemos. No nos hemos visto ni remotamente en los parajes de esta ciudad, que a punta de tantos escaparates y movimiento no hace sino ocultar los rostros más significativos, las situaciones más emotivas, y los increíbles milagros que obran para que nuestra vida cobre sentido. A pesar de ser completos extraños, las últimas semanas he tenido la impresión de conocerlo un poco, no porque nos hayamos visto en algún lugar, no porque tengamos conocidos en común o porque tengamos un vínculo lejano de alguna clase, sino porque los últimos días he cargado conmigo su novela Historia oficial del amor por doquier, y debo decir que a pesar del paso de los días su maravilloso relato se ha quedado conmigo.

Hemos pasado juntos un rato maravilloso. Su libro me acompañaba en el apiñamiento típico de los transmilenios, mientras trataba de aferrarme con mi mano derecha para no caerme y de sostener su libro con la mano izquierda para aferrarme a la belleza en medio de tanta rutina estruendosa. Me acompañaba en los últimos domingos lluviosos, mientras me sentaba en la cocina de mi casa a tomarme un té a eso de las cinco de la tarde. Me acompañaba mientras trabajaba. Mientras yo estaba sentada en mi escritorio dándole vueltas a mis propios demonios la novela estaba ahí, cerradita y apacible haciéndome compañía. Sobretodo me acompañaba en las noches. Cuando ya iba a acostarme usualmente cogía el libro de mi bolso y lo ponía en mi mesa de noche. Respiraba conmigo como un oso de peluche y en la mañana me daba alegría mirar su portada recostada en mi mesa, como si de un enamorado advenedizo y efímero se tratara.

Quiero agradecerle por tan grata experiencia, por tanta compañía, pero sobre todo porque su novela me ayudó a comprenderme mejor, y a comprender cómo, a pesar de tanta violencia, odio y crueldad, en este país es posible vivir una buena vida, y vivir con esperanza y sin rencor.

La lección más valiosa que usted nos ha dado, a través del largo recorrido de 80 años de historia política y familiar que cumple en su novela, es que la historia es una entidad sin escrúpulos, que de lejos o de cerca nos traspasa sin cesar. Con su largo filo el tiempo nos atraviesa a pesar de nuestra insignificancia, y con cada puñalada nos introduce en el transcurrir de los hechos. En un país como este donde la violencia se ha convertido en nuestra forma convulsiva de vivir, el temor y el trauma son los más volubles testigos de nuestro sentir como pueblo. El miedo, que congela nuestras fibras colectivas, contamina también nuestra mente, induciéndonos al olvido de los hechos transcurridos, condenándonos a vivir una existencia sin memoria.

Y tal vez ese sea el mayor regalo que usted nos ha concedido con Historia oficial del amor: usted, con su trabajo incansable, nos ha demostrado que la memoria y el recuerdo de nuestro pasado nos llevan al perdón, nos llevan a enfrentar nuestros fantasmas, y sobre todo, nos llevan a reconstruirnos de nuevo. En su libro la ficción se convierte en el método más irreprochable para recordar y para enmendar, pero sobretodo, para tejer una nueva narrativa sobre nosotros mismos, sobre lo que es Colombia, sobre lo que diariamente nos va a deparar el futuro como pueblo.

Me ha asombrado gratamente el trato amoroso que usted le ha dado a cada uno de sus antepasados, a sus vivencias, sin juzgar con resentimiento cualquier error que hayan podido cometer como padres, hijos o líderes políticos. Su libro honra las aventuras que cada uno de ellos vivió, otorgándoles el perdón absoluto y reconociendo las pequeñas gotas de permanencia en el ADN de la generación que hoy vive; buscándole una verdadera explicación a las grandes ramas de un árbol genealógico que a lo mejor guarda en sus orígenes el secreto de una insignificante semilla.

Usted, con el placentero transcurrir de sus páginas, me ha hecho pensar en las mariposas, que en la obra de García Márquez son amarillas y en la suya son negras. Con su inconstante aleteo nos siguen por doquier y muchas veces se convierten en la sombra ingrata de un pasado irreconciliable, pero otras son pequeños avatares del tiempo, que en el momento menos esperado se transforman en flores que vuelan dejando libre nuestra historia ingrata.

Le envío un saludo lleno de admiración literaria y de gratitud, pues su novela se ha convertido en el mayor refugio de perdón y reconciliación con el que me he topado en los últimos años.

Atentamente,

Valentina C.

[email protected]  @valentinacoccia4

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