Por: Santiago Montenegro

Más de lo mismo

Muy crítico de los gobiernos y de los presidentes del PRI, en quienes veía la continuación de los usurpadores aztecas y de los virreyes españoles, Octavio Paz argumentó que, aunque siendo muy imperfecto y extremadamente corrupto, el sistema político mexicano que emergió después de la revolución fue, pese a todo, superior al modelo político de otras partes de América Latina.

Se refería a los Rosas, a Porfirio Díaz, en el mismo México; a Cipriano Castro, a Perón, Juan Vicente Gómez, Somoza, Trujillo, entre tantos otros. Paz murió en 1998, sin alcanzar a ver el fin de la hegemonía del PRI y, por supuesto, tampoco alcanzó a ser testigo de la transformación política del resto de América Latina.

Si analizara lo que ha ocurrido en los últimos años, quizá argumentaría que, después de todo, seguía teniendo razón. Porque, excepto en unos pocos casos (Chile, Perú, Brasil, Colombia y Costa Rica), en América Latina el modelo político predominante sigue siendo el caudillismo. Claro, ya no se ven las extravagancias de antes, como la de un Santana que celebró un funeral de Estado para enterrar su propia pierna, pero en muchos aspectos el patrón es el mismo. Es la concentración personal del poder, la extensión indefinida del mandato, las cortes y el poder electoral de bolsillo, el cierre de los medios de comunicación críticos, entre otras características. En lo que sí hay una gran diferencia es en el proceso de toma del poder.

Se acabó el cuartelazo, el golpe de Estado, los tanques rodeando y los aviones bombardeando el Palacio Presidencial. Ahora el caudillo moderno hace campaña electoral, grita, camina por las calles, habla por las emisoras y llega al poder por medio del voto popular. Y, por supuesto, una de las primeras cosas que hace es instaurar la reelección indefinida. En las elecciones de ayer en Ecuador, el gobernante local recitó, al pie de la letra, el guión del moderno caudillo latinoamericano. Es más de lo mismo. Para quienes creemos en la democracia liberal y en la noción de que el poder debe estar limitado en el tiempo y en el espacio, este es un modelo no sólo repelente, sino inadecuado y peligroso. Pero eso es fácil decirlo. Lo que es más difícil es explicarlo qué hace que en América Latina los caudillos sean populares. Ni los científicos políticos, ni tampoco los economistas, nos han podido dar una respuesta adecuada.

El autor de El laberinto de la soledad tampoco la dio, pero sí la intuyó. Al llegar a nuestras sociedades los vientos del Estado moderno, de la ética del trabajo y el ahorro individual, de la economía de mercado y de la industria manufacturera, se comenzó a romper el control que ejercieron los antiguos dioses, mitos y tabús, se resquebrajaron las viejas cadenas del despotismo, del hambre, de la sujeción de la mujer. Pero también se rompió el viejo orden social que daba seguridad física y síquica, hacía el mundo predecible, proveía respuestas a las pocas preguntas que era posible formular. Y nos quedamos solos, inseguros y ansiosos. Ganamos en libertad negativa, pero no supimos qué hacer con nuestra libertad positiva. El caudillo moderno crea la ilusión de restaurar los viejos vínculos primarios, reconforta, da seguridad, castiga a los indeseables. Como en el viejo mundo de los aztecas, el tiempo vuelve a ser circular. 

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