Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Más partidos que nunca

La honda fractura que se presentó en el reciente cónclave del Partido de la Unidad Nacional, y la subsiguiente declaración del director del liberalismo en el sentido de que Santos es “su jefe natural” muestran a las claras que estamos en pleno “período telúrico” de nuestro sistema de partidos. El viejo bipartidismo explotó en 2002, pero no se ha estabilizado alguna configuración de fuerzas alternativa.

En el evento de la U quedó claro que estaban compitiendo dos formas de hacer política y dos programas de gobierno: digamos, el centro y la derecha. Con muchas conexiones orgánicas entre sí, pero claramente diferenciados. Este no es un asunto de personalidades ni de amigables componedores, sino de programa. El problema que tienen los uribistas dentro de la U es cómo administrar su descontento. Para salir, tienen dos escollos. Primero, el presidente tiene cómo bloquear, como en efecto probablemente lo hará, la ley de tránsfugas que les permitiría escapar del partido manteniendo sus curules. Segundo, el aún grandísimo capital político de Uribe no es endosable. Uribe es un campeón del boxeo electoral. El uribismo es un enclenque. El energúmeno expresidente no se ha cansado de ver perder a sus consentidos. Arias fue derrotado en las internas conservadoras antes de dar con sus huesos en la cárcel, Peñalosa cayó frente a Petro, y así sucesivamente. Hasta en Antioquia los uribistas han mordido el polvo de la derrota. Y no se me ocurre qué clase de presidencia pueda ganar Óscar Iván Zuluaga (¿alguien tiene ideas al respecto? ¿la de un club de filatelia?).

Así que una posibilidad es que la U siga existiendo, aunque muy dividida, con una mayoría pro Ejecutivo y una minoría con una ideología de derecha militante, menos pragmática y orientada contra la restitución de tierras y contra las conversaciones de paz con las Farc. La otra posibilidad, a la que me imagino apuesta Simón Gaviria, es a una reunificación liberal en gran estilo (con la U y con Cambio Radical), es decir, a la convergencia de todas las vertientes rojas que fueron separadas, como por una máquina centrífuga, por el fenómeno Uribe. La idea, en principio, no es insensata y ha estado flotando en el ambiente durante estos años. Al fin y al cabo, Santos, Vargas Lleras y el propio Uribe son todos de origen liberal, y la U se parece mucho al viejo oficialismo de ese partido. Pero su realización está plagada de dificultades. Mi primera intuición es que ellas son insalvables (pero la vida se encarga de desbaratar todas las conjeturas de escritorio). Primero, porque los votantes jóvenes y urbanos se sienten cada vez más lejanos de los partidos tradicionales (es verdad que tampoco les entusiasman los nuevos). ¿Hace cuánto el liberalismo no gana una elección en las grandes ciudades? No parece haber grandes incentivos para volver al viejo toldo, si el proverbial trapo rojo ya no agita las viejas pasiones. Segundo, porque dentro del propio liberalismo podría haber oposición a la maniobra.

Pero la tercera razón es la más importante. El Partido Liberal no fue barrido del mapa —como sí le pasó a otros partidos históricos del mundo andino—: implosionó. Se desagregó bajo el peso de sus problemas de acción colectiva, de sus conflictos por asignación de puestos y recursos, de sus escándalos de corrupción, de sus incoherencias. Todos estos fenómenos son más o menos inevitables para un partido gigante que intenta ocupar todo el espectro político. “Reducido a sus justas proporciones” —creo que el aforismo turbayista es apropiado para el tema—, el liberalismo se volvió más manejable y sobrevivió a su crisis. Pero la soñada reunificación de la cofradía liberal podría iniciar un nuevo ciclo al estilo del oficialismo de los 80. Lo dicho: estamos lejos, muy lejos, de una estabilización de nuestros mecanismos de representación.

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