Por: Ramiro Bejarano Guzmán

La masacre sin fin

La masacre de Trujillo en el Valle del Cauca acabó con la vida de más de 300 personas, sacrificadas por narcotraficantes y miembros de la fuerza pública, y entonces a nadie le importó el exterminio.

Si no fuera por el magnífico libro del Centro de Memoria Histórica Una tragedia que no cesa y por la obra de teatro El deber de Fenster, que recreó con fortuna la penosa página del horror que sacudió durante cuatro años a Trujillo, el asunto estaría sepultado.

La justicia ha resultado impotente para llevar a los estrados a los responsables de esta pavorosa tragedia. El principal testigo de esta ordalía también fue desaparecido, pero eso no incomodó a nadie. Más grave aun es que el mayor del Ejército Alirio Antonio Urueña Jaramillo, condenado como uno de los autores materiales, no ha sido capturado, y no parece que haya esfuerzos de las autoridades por detenerlo.

Todo lo anterior preocupa, pero indigna más saber que a pocas cuadras del parque que en Trujillo se construyó, dizque para que no se olvidara lo sucedido, fue asesinada Alba Mery Chilito, una mujer humilde, cuyo periplo y trágico final deberían de tener conmovida a la nación entera.

Alba Mery padeció el drama de perder a su hija y a su yerno por cuenta de los violentos que se apoderaron de la región. Ella no se amilanó y asumió el peligroso reto de liderar las protestas y reclamos de los muchos deudos que dejó este período del terror que vivió Trujillo. Esa actitud enhiesta la hizo notoria y respetable, al punto de convertirse en una reconocida y respetada dirigente cívica. En esa condición batalló por obtener la reparación de los inmensos daños que sufrieron muchos como ella, pero además entregó su vida a educar a un nieto que ahora nuevamente queda desamparado por esa ola de violencia.

En esas andaba Alba Mery cuando el pasado 7 de febrero, después de dejar en el colegio a su nieto, fue acribillada a plena luz del día. Se murió sin ver tras las rejas a los asesinos de su hija y su yerno, sin haber recibido la justa reparación económica a la que tenía derecho por los daños y el dolor padecidos, y seguramente se fue también con la angustia de dejar solo a ese nieto que tendrá que crecer para que alguien un día le cuente que a sus padres y a su abuela los asesinaron impunemente.

El crimen de Alba Mery es una afrenta nacional. Si aquí existiese la solidaridad, pero sobre todo el sentimiento de vergüenza, este asesinato tendría que haber sacado a las gentes a las calles para que protestaran y reclamaran justicia. ¿Dónde estaban las autoridades a la hora de ese vil homicidio? ¿Dónde están ahora, después del sacrificio de esta pobre mujer?

Es evidente que los criminales que hace unos años sembraron la muerte en las calles y campos de Trujillo aún andan sueltos y protegidos por alguien poderoso, tanto que están decididos a aniquilar a quien se atreva a denunciarlos o identificarlos. Eso fue lo que pasó el 7 de febrero, cuando por la espalda acabaron con la existencia de una mujer cuyo único pecado fue reclamar justicia ante la hecatombe en la que los delincuentes transformaron para siempre su vida. Y tampoco en esta ocasión nadie vio nada.

La noticia de este atentado macabro que jamás debió ocurrir después de la dolorosa masacre de Trujillo, quedó extraviada entre el boato de la fiesta de coronación del procurador, el nacimiento del primogénito de Shakira y otras buenas nuevas de la farándula y la hipocresía criollas. Esta es Colombia. No hay salvación.

Adenda. La contralora Morelli sostuvo en La W que su vicecontralor, Carlos Felipe Córdoba Larrarte, oriundo de Pereira, se declaró impedido en todo lo que se relacione con esa ciudad. Pero, entonces, ¿cuál es la razón para que ese pereirano ilustre aparezca viajando tres veces a Pereira en los aviones de la Policía puestos al servicio de la contralora?

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