Por: Alfredo Molano Bravo

Mascotas versus bebés

Ya casi no voy a cine. Desde que se acabaron los dobles —dos películas seguidas por el precio de media—, perdió sentido capar colegio por el airecito de reto pecador que tenía ese “programa”. No he visto la gran mayoría de obras maestras que ha producido este séptimo arte y he tenido que sufrir no pocas banalidades gringas. Además, ahora que lo pienso, tampoco volvieron a “pasar” películas de vaqueros. Más aún, las grandes salas de cine se convirtieron en templos evangélicos, sexshops o almacenes de pacotilla. En el teatro Caldas me vi todas las películas de Luis Aguilar, Pedro Armendáriz y Jorge Negrete, y en el Imperio a Burt Lancaster, Kirk Douglas, Natalie Wood. Y donde estuviera Brigitte Bardot, allá llegaba yo. Después he preferido mirar el cine de la realidad, cada día más penetrado por el consumismo y sus prácticas de seducción comercial.

Un día de esta semana —atardecer plácido y sereno con arreboles—, Antonia, mi nieta, me invitó a cine. No hubo remedio, acepté y nos fuimos a una de esas salas donde las sillas consienten un sueño profundo y una lejana indiferencia. Habíamos comprado un tarro enorme de crispetas o palomitas, una botella de gaseosa no menos grande y chocolatinas con almendras al por mayor. La película tenía un nombre temible: Jefe en pañales. No había escapatoria. Nos sentamos y al minuto comenzó un estruendo de fin del mundo acompañado de un bombardeo de imágenes brillantes e intermitentes y, como dicen ahora, invasoras. Fácil, cerré los ojos. Luego el tráiler —así se decía— de una película en que una mujer —algo parecido a ellas— engallada con alas, lanzas y espadas cazaba dinosaurios. Volví a cerrar los ojos. Después de un reconfortante intermedio, comenzó la película que habíamos ido a ver. Caricaturas de volumen que imitan todos los movimientos del cuerpo humano, excepto el de las pupilas. Con razón decían los poetas que ellas son la ventana del alma.

El argumento de la película me fue interesando: se trataba de una corporación fabricante de bebés de verdad que entra en pánico porque su competencia, la fábrica de mascotas, le estaba quitando el mercado. La gente prefiere los perros y los gatos a los bebés. Eso de cambiarles el pañal, hacerles tetero, llevarlos al médico y, sobre todo, dormirlos, es una tarea sobrehumana. Mejor un perrito que se compra, se consiente, se contenta con una manotadita de concentrado y ya. Un gatito es menos exigente aún: lechecita, pelotica y listo. La llamada raza humana busca la tranquilidad para poder ir al otro día a que le saquen la leche, y los bebés son una especie de cosas que lloran y que impiden recargar la energía necesaria para poder ir a entregarla. La especie humana está, pues, amenazada por las mascotas. Y es que las hay como se quieran: chiquitas, rojas, olorosas, peludas o todo lo contrario, y en toda la gama.

Teníamos claro que las muchachas jóvenes de ahora quieran aplazar la maternidad hasta que ya es peligroso un embarazo. Han estudiado cinco, seis, siete, ocho años para sacar un cartón y entonces hay que disfrutarlo de rumba en rumba. Y los hombres, haciéndoles la segunda. Las relaciones de pareja son cada vez más aburridoras, tediosas y todas llevan a lo mismo, a emparejarse con otra persona igual de aburridora y más tediosa. Así hasta los 40 y entonces, ya no. Detrás del planteamiento acecha el productor celestial de mascotas y así la humanidad tiende suavemente a la autoliquidación. Los fabricantes de bebés se dan cuenta de que su rival ha comprado una fórmula para producir mascotas que no se mueren. ¡Pánico financiero!

Gringo el planteamiento y gringo el desenlace. Demasiado gringo, pero quizá por eso no deja de tener, sin proponérselo, un dejo de verdad. Las relaciones propiamente humanas —un buen café en compañía, un aguacero compartido, un miedo semejante a los rincones—, las que implican amores y dolores, están siendo arrinconadas por el confort, esa cultura de la mediocridad hecha de cosas, de mercancías, de trabajo que se consume a sí mismo. La tragedia del eterno retorno a la nada.

Pepe Mujica tiene toda la razón: la etapa superior del capitalismo es el consumismo. De alguna manera los bebés son el costo de una renuncia que ya nadie quiere pagar y que los poetas apodan amor.

Punto y coma. Abogo por las porciones pequeñas en los supermercados que no obligan a comprar más de lo que se necesita. Por ejemplo, la venta de botellas enormes de agua cuando con sólo la mitad o la tercera parte sería suficiente. ¡Cuánta agua se desperdicia y con cuánto plástico se envenena la tierra!

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo