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Reinaldo Spitaletta 14 Ene 2013 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Medellinizar

Reinaldo Spitaletta

Entre 1985 y 1995, Medellín vivió una década de terror.

Por: Reinaldo Spitaletta
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Las mafias del narcotráfico, con Pablo Escobar a la cabeza, sembraron de muerte y desolación las barriadas de la ciudad y dieron al traste con una generación: la generación perdida, que no alcanzó la mayoría de edad.

Medellín, que a principios del siglo XX estableció y desarrolló un modelo empresarial, con las ideas de progreso pero, a su vez, ayudado en el control social por la Iglesia y el conservadurismo, trocó su imagen de pujanza por la del ascenso de las mafias. El narcotráfico irrigó su perversa influencia entre jóvenes y viejos, penetró las rígidas estructuras sociales (clasistas y hasta racistas del antioqueño) y derivó en la construcción de un infierno.

El ejercicio criminal de las mafias deslumbró no sólo a los pelados, sino a industriales, clérigos, algunos intelectuales y a otros sectores que doblaron su espinazo frente al poder del dinero. Todo se corrompió. Todo se vendió y compró. Surgieron bandas de muchachos especializados en el gatillo. Y los días y las noches estuvieron llenos de balazos y cadáveres.

Para entonces, ya circulaba por el mundo que Medellín era la capital universal del crimen. Ni siquiera la muerte del capo, en 1993, sirvió de lenitivo. Ya estaba instaurada una mentalidad de violencia, unida a la concepción de intolerancia: hay que borrar al otro. Y en medio del humo y la sangre, el narcotráfico territorializó la ciudad: partes de las milicias, partes del paramilitarismo. Y el infierno creció.

Medellín era una suerte de laboratorio del crimen. El martirologio de los habitantes es extenso. Masacres por doquier, desaparecidos, desplazados. El surgimiento de las mafias coincidió con la decadencia del viejo modelo empresarial y la caída de las industrias, sobre todo las textileras. En ese punto, es cuando se comienza a hablar, con pavor, de la medellinización de otras ciudades de Colombia y aun del mundo (caso México).

El boleteo, las extorsiones, las vacunas, las amenazas, la resolución de problemas a punta de bala, fueron parte de la vida cotidiana de una ciudad, que en sus imaginarios todavía manejaba el del culto al trabajo. La muchachada había pasado de tener pistolas de juguete a la posesión de toda clase de sofisticado armamento. El 2000 sorprendió a la ciudad no sólo con los miedos milenaristas, sino con varias de sus comunas convertidas en campos de batalla.

Las mafias de antes fueron reemplazadas por otras. Y la ciudad continuó manejada por delincuentes, como sucedió en los días de don Berna y otros dones. Las aberrantes “fronteras invisibles”, como imaginarias líneas Maginot, prosiguen en muchos barrios. Así que ni siquiera el general Luis Eduardo Martínez, actual comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, que estuvo buen rato en Medellín, pudo hacer nada al respecto. Fracasó en su intento.

El general de marras armó la pelotera con su declaración de no permitir que Bogotá se “medellinice”, en el sentido de sus bandas de maleantes y disputas territoriales. La palabreja se le ocurrió después de recorrer un sector del nororiente bogotano donde hace poco mataron a cinco tipos vinculados a agrupaciones delictivas.

Nadie puede negar que Medellín sea una ciudad maravillosa, como lo reconoció el “medellinizado” general Martínez. Y que, además, es una urbe innovadora, con cara de muchacha bonita. Tiene, pese a la alta contaminación, un clima primaveral. Y es posible que nadie en otras partes sea más hospitalario que los habitantes de la antigua “Tacita de plata”.

Que tenga más de cien mil desconectados de los servicios básicos domiciliarios, no le quita nada a su innovación, ¿o sí? Y que varias de sus dieciséis comunas estén bajo la dictadura de las bandas armadas y que en su centro histórico sea reflejen todas las miserias, no significa que la ciudad este “medellinizada” como en los años del terror. Significa, sí, que sus dirigentes son inferiores al reto de transformarla en una ciudad con equidad.

Lo de ser una bella parroquia, con arquitecturas atractivas y sistemas de transporte que no tiene ninguna otra del país, no puede ocultar sus problemas de fondo, ni la innovación puede ser para maquillarlos. Al mismo tiempo, sus líos sociales tampoco deben servir para que un general proclame que su nueva jurisdicción se le va a “medellinizar”, cuando la gestión que tuvo en ella no fue ningún paradigma de eficiencia en la lucha contra la criminalidad, ¿o sí?

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