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Klaus Ziegler 30 Ene 2013 - 11:00 pm

La medicina y sus metáforas

Klaus Ziegler

No fue la simple curiosidad por comprender la compleja anatomía humana lo que llevó a Andreas Vesalio a emprender sus meticulosas disecciones.

Por: Klaus Ziegler
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Su labor siempre estuvo motivada por el afán de vindicar la medicina helénica, para lo cual debía hallar los canales por donde fluye el más elusivo de los cuatro humores: la bilis negra, responsable del cáncer y la melancolía. Pero en ninguna de las extraordinarias litografías que ilustran su obra inmortal, “De Humanis Corporis Fabrica”, aparece rastro alguno de los misteriosos ductos. No deja de ser irónico que el más ferviente defensor de la tradición galénica fuera quien en últimas terminase enterrándola, con su silencio.

La idea de considerar la salud como una expresión de la armonía corporal se remonta a Hipócrates, en Occidente, y es un concepto antiquísimo en las medicinas orientales. Para el padre de la medicina, la enfermedad era fruto del desequilibrio entre cuatro humores fundamentales que fluyen a través del cuerpo: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra o atrabilis, cuyo origen, se suponía, residía en el hígado. La teoría de los humores era flexible, cerrada y completa (al igual que el sicoanálisis), y daba cuenta de la enfermedad, cualquiera ella fuera. La exclusiva influencia de Galeno durante más de catorce siglos es tan comprensible como el predominio de Freud durante cincuenta años.

Explicar los fenómenos biológicos a través de símiles ha sido un rasgo común a toda la medicina precientífica. Los humores de Galeno podrían cambiarse por otro efluvio sin alterar la teoría. Asimismo, da igual hablar del “desequilibrio” de los humores que de las “perturbaciones” del chi o de cualquier otra “energía”. En la medicina de la antigua India, por ejemplo, la “desobstrucción” de los nadís (canales del praná) era imprescindible para garantizar una buena salud. En todos los casos la metáfora es la esencia del modelo: la salud y la enfermedad se contraponen como la luz y la sombra, como el hielo y el fuego, y todo mal proviene de la pérdida de la armonía vital. Nadie niega que haya belleza literaria e imaginación en esas concepciones precientíficas. Pero los canales akásicos o los chakras son tan reales como los conductos que en vano buscó Vesalio durante toda su vida. Y el chi, tan real como la bilis negra.

En la medicina tradicional china, la red de canales por donde fluye el chi se ajusta al mapa astrológico, y cada casa del zodíaco encuentra su contraparte en el cuerpo humano. Visto desde una perspectiva moderna, la improbabilidad de esa coincidencia está por debajo de lo infinitesimal. Pero debemos entender que la idea se ajusta a un principio en la filosofía oriental, el cual supone una estrecha correspondencia entre los cielos y la Tierra. No podemos olvidar que Kepler se inspiró en un bello símil entre la simetría única de los sólidos platónicos y la perfección mecánica de los cielos para formular sus inmortales leyes planetarias.

La teoría de la armonía y el desequilibrio de las energías vitales es sin duda la más elemental, después de aquella que atribuye la enfermedad a la voluntad malévola de seres sobrenaturales o al castigo divino. Lo realmente increíble es que el mismo modelo primitivo, ancestral, persista intacto en casi todas las llamadas “medicinas alternativas”, apoyado, esta vez, en la parafernalia espuria de la jerga seudocientífica. Poca credibilidad tendría un bioenergético si en sus curas invocara duendes, brujas o meridianos astrológicos (aunque no falta quienes se atreven, y convencen). Su discurso debe adaptarse a las exigencias de una época dominada por paradigmas científicos. De ahí que los viejos efluvios reciban ahora nombres sofisticados: “energías bioplásmicas”, “campos de resonancia mórfica”. Los antiguos canales etéricos hoy podrían llamarse “canales biocuánticos”; los chakras, “centros semiconductores de bioinformación”.

Y no son únicamente los cielos los que encuentran una proyección corporal. En la auriculoterapia, el organismo entero se mapea en el pabellón auricular, cuya forma coincide con la figura de un homúnculo en posición fetal (el lóbulo de la oreja representa la cabeza). Paul Nogier, creador de la entelequia, no tiene la menor duda acerca de la existencia de ese perfecto isomorfismo cuando afirma que "la agudeza visual se incrementa en los diestros, si llevan un pendiente del lado derecho, y en los zurdos, si lo llevan en el lado izquierdo" (el pendiente perfora justamente la zona del ojo). Su teoría Incluso explica por qué los piratas acostumbraban usar aretes: según Nogier, para poder otear los barcos a la distancia. ¡Y no es chiste!

En ningún otro lugar de la medicina la metáfora llega a ser más bella y literaria que en las terapias florales del excéntrico médico galés Edward Bach. La enfermedad, para Bach, era la manifestación de una falta de armonía entre la mente y el espíritu. El método terapéutico consistía en descubrir las fallas morales y corregirlas con el ejercicio de la virtud. De ahí que fuera la flor el vehículo perfecto para restablecer en nuestro ser las cualidades armónicas perdidas, eliminando el desequilibrio. ¿El remedio? He aquí algunos: olivo para la fatiga existencial, violeta de agua para la introversión, genciana para la depresión, alerce para la inseguridad, madreselva para la nostalgia, avena silvestre para el nerviosismo y castaño rojo para la ansiedad. La alegoría es admirable, aunque los resultados nimios, pues ni el pobre Bach gozó alguna vez de buena salud.

La belleza cándida de esas teorías contrasta con el discurso zafio propio de buena parte de la medicina alternativa. Y no es la pretensión científica lo que indigna, sino el engaño. La magnitud del negocio puede deducirse del número de horas que los medios dedican a promocionar panaceas que prometen curas mágicas para la diabetes, los problemas cardíacos, la artritis, la depresión, el cáncer… Y todo ello sin necesidad de recurrir a métodos invasivos: sin jeringas ni cirugías, sin quimioterapias ni cateterismos, y a precios, en comparación, exiguos.

Si los fármacos y procedimientos de la medicina alopática deben someterse a rigurosas pruebas de laboratorio, y a innumerables ensayos clínicos, ¿por qué no se utiliza el mismo rasero cuando se trata de medicinas alternativas y drogas naturistas? Es hora de que los organismos reguladores del sistema de salud exijan pruebas sólidas de su eficacia, máxime si tenemos en cuenta que en la gran mayoría de los casos los procedimientos alternativos jamás han demostrado tener una eficacia por encima del tratamiento con placebos. Y no son pocas las circunstancias en que esas drogas resultan tóxicas o se convierten en formas de enmascarar enfermedades progresivas y potencialmente mortales. Los costos para el sistema de salud son incalculables, solo proporcionales al lucro generado por prácticas irresponsables que se alimentan de la ignorancia y prosperan en el dolor y la desesperanza.

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