Por: Arlene B. Tickner

Memorias de un periplo (I)

Tuve la fortuna de participar en una misión académica a Israel con un grupo de profesores universitarios de 10 lugares del mundo. Visitamos desde los Altos de Golán, en la frontera norte con Siria y Líbano, hasta los límites con Gaza y Egipto, en el sur, atravesando a Cisjordania en el este, con Tel Aviv y Jerusalén de base. Además de sobrevolar en helicóptero y ver in situ las condiciones geográficas, la distribución y uso del territorio, las tensiones (que incluyeron explosiones desde el lado sirio por la guerra) y la cotidianidad que caracterizan al país, sostuvimos conversaciones intensas con docenas de personas distintas, incluidos generales y coroneles de la Fuerza de Defensa Israelí, negociadores frustrados de paz, un parlamentario árabe del Knesset, un legislador palestino, periodistas y empresarios israelíes y palestinos, un alcalde y habitantes de un asentamiento judío y académicos. Más que un análisis sistemático, quisiera destacar, a manera de memoria, algunas de las paradojas y complejidades que se observan en el plano nacional israelí, y en columnas siguientes, en el conflicto con Palestina y sus relaciones internacionales.

Los logros tecnológicos de Israel —tanto en la industria militar como en la de alta tecnología y farmacéuticos— lo ubican entre los más desarrollados del mundo. No menos impresionante es su innovación en la desalinización, que ha resuelto el tema del agua que en otras partes de Medio Oriente es un problema agudo, y ha intensificado el uso de energía solar. En términos comparativos, goza de un PIB alto, desempleo bajo y una economía diversificada. Y su segunda ciudad, Tel Aviv, es un centro cosmopolita, multicultural y fiestero.

La sociedad israelí también evidencia divisiones profundas, que se ven. Aunque un 75 % de la población de 8,5 millones es “judía” (pero clasificada como ashkenazi, sefardí o mizrahi, según su descendencia racial noreuropea, ibérica o de Medio Oriente y África del Norte), casi la mitad de esta se describe como secular, mientras que el 25 % restante de “árabes” incluyen musulmanes, cristianos y drusos. Distintos grupos ocupan roles diferenciados en la sociedad y en ámbitos como la vivienda y la educación hay niveles significativos de segregación. En el caso de la comunidad árabe, es palpable la condición de ciudadana de segunda clase, la cual se ve agudizada por su no participación en el servicio militar obligatorio y el servicio civil. Por su parte, los judíos ortodoxos (o haredi) gozan de prerrogativas especiales.

Pese a considerarse la única democracia en la región, existe una tensión compleja con la religión. Con el fin de constituirlo como Estado judío, a los haredi se les eximió del servicio militar, se brindó financiación estatal para sus escuelas y se dio a sus rabinos el monopolio oficial de las prácticas religiosas (incluidos la observación de las costumbres judías, el matrimonio y la conversión). La controversia actual sobre la creación de una sección del Muro de los Lamentos para ambos sexos es tan solo un ejemplo del poder desproporcionado de la ortodoxia y el giro a la derecha de la política en Israel, producto de un sistema electoral que favorece a los partidos pequeños en el Knesset, algunos fundamentalistas. La próxima semana trataré la otra incongruencia de la democracia en Israel: su coexistencia con la ocupación de Palestina.

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