Por: Mauricio Rubio

Memorias sin víctimas del M-19

Un nubarrón sobre la mesa de diálogo en Cuba es el tratamiento de las víctimas. No se sabe si las FARC les pedirán perdón.

La reticencia de los grupos armados colombianos para arrepentirse de sus desafueros no es nueva. Lo usual ha sido minimizar la responsabilidad y las secuelas de las acciones, deformar intenciones, culpar al Estado y magnificar la confusión combatiente-víctima.

En las memorias de Maria Eugenia Vásquez, alias Emilia del M-19, publicadas en 1998 y traducidas al inglés por una editorial universitaria norteamericana en el 2005, la alusión a las víctimas es tangencial, y las manifestaciones de arrepentimiento todavía más escasas. Cuenta, por ejemplo, cómo José Raquel Mercado “apareció muerto” cerca del parque El Salitre. Igualmente ligero es el recuerdo de los rehenes en la Embajada de la República Dominicana. “Me sentí como Alí Babá a la entrada de la cueva de los tesoros. Cada embajador tenía un valor de cambio específico en la negociación por prisioneros políticos”.

Aún más lamentable es el relato sobre el manejo de unos secuestrados. “Afranio me dijo que debía traer nuevos huéspedes a la casa. El día acordado, me levanté temprano con el Flaquito para recogerlos. Estaba muy nerviosa, sobre todo por mi falta de experiencia como chofer … El Flaquito abrió la puerta trasera del carro y sentí que varias personas subieron. Podía oir su rápida respiración … Cuando arrancó el jeep mi miedo desapareció. Me sentí distinta, como si alguien más estuviera actuando … Al entrar a un garje los huéspedes salieron y el Flaquito les dio sus capuchas. El hotel estaba lleno. Los huéspedes estaban instalados y un poco más tarde bajé para ponerlos al día sobre sus condiciones … Me saludaron y noté un acento extranjero, algo que me pareció excitante. ¡Ya éramos internacionalistas!”

La frescura de guía turística termina cuando Emilia rememora las detenciones sufridas por su grupo. “No hay nada más aberrante que someter a una persona por la fuerza. La impotencia hiere lo más profundo del ser”.  En las reflexiones finales trata de entender cómo los veían quienes sufrieron sus ataques. “Yo me uní a un bando de la guerra, mientras la mayoría de la gente permaneció indefensa en el medio. Esa responsabilidad fue difícil de soportar”.

En últimas, el principal reproche de Emilia a sus compañeros del M-19 es no haber superado los estereotipos de género y ser tan machistas como los demás colombianos.

Si eso es lo más cercano al perdón a las víctimas que se pudo lograr de una universitaria que terminó trabajando en la defensa de los derechos de mujeres desplazadas por el conflicto, si la publicación de esas memorias sín víctimas fue premiada en Colombia y endosada por la academia internacional, no cabe esperar mucho remordimiento de los halcones en la Habana.

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