Por: Piedad Bonnett

Mendigos

LA FIGURA DEL MENDIGO, QUE A VEces repele y a menudo conmueve, me lleva a hacerme preguntas: ¿en qué momento este hombre o esta mujer decidió pararse en una esquina a mendigar? ¿Cómo fue aquel primer día, qué esfuerzos tuvo qué hacer, qué estrategias decidió usar? ¿Qué historia personal o familiar hay detrás de cada uno? ¿Cuándo se vence la vergüenza —si es que la hubo— y la mendicidad se convierte en una forma de subsistencia, o en un hábito, o en una costumbre o un vicio? Como tanta gente, a veces he caído también en la odiosa tentación de hacerle las cuentas a los mendigos de los semáforos (y estoy casi segura de que algunos de ellos ganan lo mismo o más que un colombiano con un miserable sueldo mínimo). Y entonces suelo recordar unas notables páginas de Elías Canetti, referidas a los ciegos que piden en Marrakech, a quienes llama “los santos de la repetición”: “Está excluido de sus vidas casi todo aquello que en nosotros evita todavía la repetición. Existe el lugar concreto en el que se acurrucan o se colocan. Existe la invariable letanía”. Y Canetti ensaya a imaginarse cómo será una vida así, que repite lo mismo “durante días y semanas, meses y años”.

Después del primero de enero —cuando no se ven nunca por ninguna parte, ya que mendigar en una ciudad desierta sería tiempo perdido— estos personajes comienzan de nuevo a aparecer y a tomar posesión de sus esquinas, haciéndose otra vez parte del paisaje. Cualquiera que transite una ciudad como Bogotá, donde la mendicidad es corriente, estará familiarizado con ellos, y hasta podrá, como en mi caso, describir al menos una docena, y señalar con precisión dónde se ubican. O notar cuáles son nuevos, o cuáles han desaparecido definitivamente, dando testimonio del paso del tiempo.

Si uno lo intenta puede perfectamente hacer un catálogo de las distintas clases de mendigos en la ciudad: está el más clásico, el inválido que exhibe su muñón, o se apoya en sus muletas, o en el mejor de los casos pide desde su silla de ruedas. O el ciego, siempre conmovedor; o el adicto, que se conoce por el brillo de su mirada y sus movimientos ansiosos, a veces ligeramente amenazantes; o el indigente-literato que vende sus poemas; o los esperpénticos que amedrentan a sus posibles benefactores acercándoseles mucho. A veces nos sobrecoge la muchacha embarazada o la que carga a su bebé recién nacido (muchas pertenecen, que tristeza, a las comunidades indígenas del sur del país y son víctimas de la violencia). Y existen también los que ostentan cierta dignidad y decoro, ancianos que exhiben una fórmula médica, o viejitas que venden dulces para no parecer que mendigan. A veces vemos, entre conmovidos e indignados, que el desplazado que alguna vez exhibió su cartulina, ahora se ha integrado a la horda mendicante y ha hecho de la mendicidad una forma de vida.

Cada mendigo cuenta, indirectamente, una historia. Me inquieta la mujer demente que fue bella, ataviada con prendas finas que testimonian que detrás tiene todavía familia, y que duerme al lado de un CAI, como buscando protección nocturna; el chileno de voz suave que muchos hemos visto desmejorar poco a poco hasta volverse irreconocible; el viejo que saluda con una inclinación de cabeza, del que se dice que era estudiante de filosofía; y el que alguna vez vi cómo piropeaba, con deliciosa sorna, a dos jóvenes señoras: “¡Tan lindas y seguramente casadas con dos economistas bien aburridos!”. En algunos países, como en Letonia, mendigar se castiga con cárcel. En otros multan al que pide y al que da. En Nanchang, en China, les permiten pedir, pero encerrados en jaulas. Qué horror. Se olvidan de que los mendigos son una llaga abierta por la que asoma el rostro de la sociedad que los engendra.

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