Por: Arturo Guerrero

Mesianismo y esquizofrenia del caudillo

El funcionamiento síquico de los caudillos políticos inquieta a los observadores del proceder humano. Esa hambre sin fondo del aplauso multitudinario convierte a aquellos hombres públicos en figuras lastimeras. Habría que acogerlos con piedad, si sus actuaciones no arrastraran la suerte de tantos.

En el siglo primero antes de nuestra era, Julio César fue Dictador de la República romana. Sus diarios, cartas y documentos de poco antes de caer asesinado con 23 puñaladas, fueron reconstruidos de manera fabulada por el novelista norteamericano Thorton Wilder.

En Los idus de marzo, el penetrante escritor se acerca a la interioridad de César, sin duda uno de los déspotas con mayor poder en la historia: "Estoy acostumbrado a inspirar odios. Ya desde la más temprana juventud descubrí que no necesitaba de la buena opinión de los otros hombres, ni siquiera de los mejores, para corroborarme en mis actos".

Es el mesianismo. Los emperadores de Roma llegaron hasta proclamarse dioses, como marca de superioridad infranqueable frente al resto de la humanidad. El dios o el enviado de dios es autosuficiente, no se relaciona con las criaturas en igualdad de condiciones.

Es un iluminado, extrae la verdad de fuentes exclusivas que no requieren refrendación de parte de ninguna autoridad subalterna. Los demás son súbditos cuya voz se destina a la alabanza.

De ahí que no sea raro el odio que suscita. Va por el mundo dictando sus arbitrios, sin dar ni recibir amor. No se rebaja a estos sentimientos que juzga propios de la volubilidad corriente.

Tampoco es extraño que se acostumbre a estos odios generados. Llegan incluso a hacerle falta. Su soledad atmosférica lo aprisiona en una campana flotante sobre ondulaciones hostiles. Este es el medio ambiente que respira.

César confiesa: "ningún peligro más grave puedo concebir para mi espíritu que el de verlo reflejar la preocupación de ser aprobado por hombre alguno. Es mi deber llegar a la decisión como si ella no pudiera ser objeto de comentario, como si no me viese nadie".  

A continuación se quita la máscara: "y, sin embargo, soy un político: debo representar la farsa de la más rendida deferencia a la opinión de los demás… Tal es la hipocresía fundamental de los políticos, y el triunfo definitivo del caudillo va acompañado por el terror que despierta en los otros hombres la sospecha de que su jefe sea indiferente a su aprobación: indiferente e hipócrita.

"¿Cómo –se dicen- es posible que no exista en el espíritu de este hombre ese nido de víboras aposentado en el nuestro, y que es a la vez nuestra fortuna y nuestro deleite: la sed de alabanzas, la necesidad de autojustificación, la afirmación del yo, la crueldad y la envidia? Mis días y mis noches transcurren entre el silbido de estas víboras. En cierta ocasión hasta llegué a oírlas en mis entrañas".

Es la esquizofrenia. El pequeño tirano o el gran amo no necesita de los demás y al mismo tiempo sofoca en sus tripas las serpientes que validan su mísero yo.

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