Por: Carlos Granés

Mi amigo squashista

No fue la última vez que lo vi, pero es el recuerdo más vivo que me queda de él. Debió haber sido en el año 96 o 98, regresando de Bucaramanga, donde ambos habíamos estado compitiendo en un campeonato de squash.

Yo tenía previsto regresar a Bogotá en flota, pero un tío le había prestado un Hyundai blanco y él se ofreció a llevarnos al Conejo Orduz y a mí. Pensamos que sería un alivio evitar el paso por el Chicamocha en un bus atestado, pero el viaje no pudo ser peor. John manejaba sin control, revolucionando el motor, frenando, haciendo chirrear las llantas, y durante todo el viaje retumbó el mismo disco de Ace of Base, grupo de moda por aquellos años. El Conejo Orduz y yo sufríamos; él no. Por instantes, mientras imitaba de forma exagerada todos los clichés del niño adinerado que no era, se le veía feliz.

Esa imagen volvió a mi mente hace exactamente diez años, cuando yo ya no jugaba squash ni vivía en Colombia y la noticia saltó a los titulares del mundo entero: el Club El Nogal acababa de ser dinamitado y una de las piezas claves en la compleja operación que condujo al atentado había sido él, John Freddy Arellán.

El plan terrorista no había sido orquestado sólo por él, desde luego, sino por las Farc. John tuvo muy mala suerte: por un lado, un tío suyo estaba vinculado a la organización terrorista, y por el otro, sus aspiraciones de ascenso social lo doblegaban fácilmente ante el dinero. Hermínsul Arellán, alias Pedro, vio en su sobrino el correo perfecto para plantar 200 kilos de dinamita en El Nogal. Bastó para ello montar una gran farsa, que seguramente John vivió como el mejor de sus sueños. El dinero de las Farc lo convirtió en millonario. John pasó de empleado a socio de El Nogal; dejó de sudar en las canchas para sudar en el baño turco; dejó de jugar squash para jugar a ser niño rico. Había logrado acceso a la élite bogotana gracias a una triste paradoja: sus aspiraciones burguesas las financiaba una organización marxista-leninista, enemiga —en teoría— de todo ello, que se aprovechaba de la frivolidad de un joven arribista para convertirlo en asesino. Y en mártir, porque el primero en morir fue él.

Diez años después me sigue aterrando esta historia, y no sólo por los 36 muertos —algunos de ellos squashistas— y los casi 200 heridos que dejó, sino porque hay algo siniestro en la facilidad con que John pudo atentar contra una institución en la que él mismo había trabajado y donde entrenaban sus amigos. No fue la ideología lo que lo persuadió. Puso esa bomba para las Farc, pero la hubiera podido poner para cualquiera. Sospecho que la oscura fuerza que lo motivó fue la opuesta, la trivialidad, la inercia del dinero fácil; quizás el espejismo de grandeza, el horror a no ser nadie o a haber rozado el prestigio —gracias al deporte— sin haberlo gozado plenamente. Ahora es difícil saberlo con certeza. Lo que sí sabemos es que el odio propulsado por ideologías asesinas suele banalizar la muerte, convirtiendo al más desprevenido en peón de terroristas y matones. También sabemos que de eso —odio, polarización, credos homicidas— hemos tenido mucho en Colombia.

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