Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Mi candidato

Ya tengo candidato para el premio Nobel de la Paz del próximo año: el soldado Bradley Manning, quien acaba de ser condenado por un tribunal militar estadounidense a 35 años de prisión.

 Cierto: el de la paz es de lejos el Nobel menos prestigioso. Se lo han ganado tipos como Henry Kissinger, cuyas credenciales de pacifista genuino son tan buenas como las que pudiera tener el ayatolá Jomeini como pensador liberal. También fueron galardonados con él Barack Obama y la Unión Europea: sospechosos, por decir lo menos. Aun así, Nobel es Nobel, y el millón de coronas no le sobrará a Manning en el trance en el que se encuentra.

La minibiografía de Manning es fácil de contar. Es persona muy joven, que se enroló en los servicios de inteligencia de los Estados Unidos como analista. Estaba dedicado a procesar información. Mientras desarrollaba su trabajo se encontró con cosas que lo escandalizaron, y decidió emprender una filtración de documentos reservados que alcanzó cifras astronómicas (cientos de miles de papelotes). Desde que inició esta actividad, a todas luces ilegal pero generosa, sabía que arriesgaba incluso una pena de muerte. Por otra parte, el gobierno de Obama, con el objetivo de mandar una señal inequívoca acerca de los costos que podrían tener tales acciones, emprendió una ofensiva implacable contra Manning y su primo espiritual, Snowden, quien a duras penas, y gracias a la oportuna pero inquietante hospitalidad de Putin, logró salvar el pellejo, y ahora está más allá del alcance de la justicia ejemplarizante de los Estados Unidos.

A favor de la candidatura de Manning obran, a mi juicio, dos argumentos poderosos. El primero es simplemente la gran dosis de desprendimiento y valentía que implicó su acto. Hasta donde sabemos —y a estas alturas nos hubiéramos enterado de cualquier evidencia en contrario— no obró movido por la codicia, o por el ansia de poder, o bajo el efecto del chantaje o de alguna alucinación pasajera, sino de la convicción (sí, ya lo sé: la convicción puede ser la alucinación más errática y violenta de todas. Pero en este caso no creo que la objeción valga). El segundo es la importancia de la información que reveló. Manning no sólo sacó a relucir los horrores y pequeños gulags de las invasiones liberales a países y regímenes como los de Irak y Afganistán. De manera más oblicua, su contribución —lo mismo que la de Snowden, Assange y otros tantos titanes políticos del mundo virtual— ha sido desnudar las complejas y crecientes tensiones entre cambio tecnológico y vieja normalidad democrática.

La cosa se puede poner en los siguientes términos: las nuevas tecnologías de la información han cambiado toda una serie de parámetros esenciales para la definición misma de democracia. Hoy, los candidatos pueden saltar por encima de grandes organizaciones para hablar directamente con sus electores. Tenemos mucha más capacidad de mirar al poder. Piénsese no más en el hecho de que si un policía coge a patadas a un muchacho corre el riesgo de que un transeúnte que pasa casualmente por la misma calle lo grabe con su celular. El poder, los poderes, tienen mucha más capacidad de mirarnos a nosotros. Crece exponencialmente el número de registros escritos que manejan los organismos del Estado, y se desarrolla toda una cantidad de disciplinas y tecnologías —entre otras cosas, absolutamente apasionantes— para filtrar, domesticar y dar sentido a enormes masas de información. Todo esto se transforma en instrumentos de medición, vigilancia y control, pero también en un espacio inédito de lucha y debate.

No tenemos idea para dónde van esas tensiones entre base tecnológica y régimen político: pero sabemos que se están moviendo a toda velocidad. Manning no sólo ha ejecutado un acto de extraordinaria integridad: también ha puesto el dedo en la llaga. Merece el premio.

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