Por: Columnista invitado

Micrófono abierto

Por: Alberto López de Mesa

Bajo un árbol del Parque de los Periodistas vi dos jóvenes habitantes de calle practicando una rutina de break dance. Admirado por la rítmica y la expresividad de los bailarines, me atreví a preguntarles qué si les interesaría presentar su número ante un público. Me contestaron, orgullosos, que estaban ensayando para presentarse esa misma noche en “El micrófono abierto” de La Aldea. Atendiendo el aviso asistí al lugar que me indicaron.

La Aldea queda en un caserón republicano ubicado sobre la calle 16, arribita de la carrera tercera. El interior es amplio, con paredes sin pañete y el decorado tiene algo de mercado de las pulgas y anticuario. Esa noche el sitio estaba repleto. Jóvenes y viejos indiscriminadamente, tomaban café o licor mientras observaban a los diversos artistas que por turnos se subían a la tarima y exponían su talento.  Como todos los miércoles, La Aldea ofrecía su tarima y sus micrófonos a artistas de diferente índole que a partir de las siete de la noche exponen sus talentos ante el público presente que, además de aplaudirlos, aporta voluntariamente un dinero que se recoge pasando sombreros y también con un incremento en el costo de lo consumido que la administración. Al final de la noche, reparte equitativamente entre los artistas alternativos que concurren en busca de reconocimiento.

La administradora e ideóloga de La Aldea es Silvia Leiva, una catalana convencida de que desde su nicho le corresponde contribuir con el desarrollo cultural de Bogotá: “El micrófono abierto y todas las acciones artísticas que cumplimos en la Aldea -dice con entusiasmo- obedecen a un concepto de democracia cultural. Aquí llegan artistas y gentes de todas las razas, de todas las preferencias sexuales, de todas las creencias, de toda condición social”.

Ciertamente esa noche se tomaron el micrófono un cuentero, una cantautora, un titiritero, un prestidigitador y los dos callejeros que había visto ensayando en el parque, quienes por cierto se robaron el show, con un rap de picaresca hilarante y la energía de su danza.

Fue un rato de intercambio y de encuentro, absolutamente edificante, me agradó ver entre el público, caza talentos, personas interesadas en apoyar a los artistas alternativos que se presentaron.

Espacios como La Aldea nos corroboran que la paz empieza por la trasformación de nuestros corazones, por las prácticas genuinas de sana convivencia y de tolerancia, para lo cual la cultura y el arte siempre tienen el encanto indispensable. 

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