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Columnista invitado 9 Dic 2012 - 9:10 pm

Columna olímpica

Miguel Calero.

Columnista invitado

La muerte del futbolista Miguel Ángel Calero no es una muerte cualquiera ni despierta los sentimientos que, en muchas oportunidades por cumplido, genera todo aquél que se va de este mundo.

Por: Columnista invitado

Calero fue un excelente ser humano, un deportista a cabalidad y, además, un triunfador en la vida. Sobre estos tres aspectos quiero escribir hoy.

Para algunos, por fortuna pocos, ser una buena persona no importa: hay que conseguir los objetivos materiales en un mundo consumista, por encima de valores, así al lado de esa huella, supuestamente la única, quede otra de ingrata recordación. Calero fue un ser humano excepcional: buen padre, buen esposo y buen hijo, un excelente amigo.

También fue un atleta que supo respetar los principios del deporte y labró una vida íntegra: cada uno de sus pasos fueron dados con especial cuidado, como quien quiere dejar un legado a las futuras generaciones, objetivo que se constituye en una especie de vida eterna, aquí en la tierra.

Como deportista lo ganó todo. En Colombia, escribió una historia de éxito en los equipos Sporting de Barranquilla; el Cali, con el que ganó un título; el nacional, también con otro galardón profesional y la Copa Merconorte, y dio el salto a México en el 2000, en donde con en el Pachuca ganó cuatro títulos nacionales, además seis internacionales: cuatro copas Concacaf, una Suramericana y una Superligas. Y en el 2001, formó parte de la selección de Colombia que ganó la Copa América.

En 1992, integró el equipo colombiano de fútbol que participó en los Olímpicos Barcelona 1992, certamen que me brindó la oportunidad de conocerlo. Por esto y lo demás, el Comité Olímpico Colombiano honró su memoria, con una declaración muy sentida que se emitió la semana pasada.

Durante esa carrera en la alta competencia, que terminó en octubre de 2011, dio muestras de su calidad personal y ofreció a los mexicanos una imagen de hombre a carta cabal, que como gratitud y aprecio se nacionalizó, desde luego, sin perder su origen colombiano. Alguien dijo: “Uno no es de donde nace ni de donde muere, sino de donde lucha”, y Calero luchó en los dos países, y por eso sus cenizas reposarán la mitad en Colombia y la otra mitad en México.

En 2007, a Calero la vida le dio un aviso: sufrió una trombosis venosa que lo alejó transitoriamente de las canchas. Pero volvió con el mismo entusiasmo e idéntico profesionalismo, para continuar su carrera, que dio por finalizada hace un año.

Su fallecimiento fue de manera inesperada y, que Dios me perdone, injusta, ocurrido el 4 de diciembre pasado. Paz en su tumba y honores a su recuerdo.

 

*Ciro Solano Hurtado

  • Ciro Solano Hurtado | Elespectador.com

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