Por: Diana Castro Benetti

Mirando

Nada más difícil de exorcizar que un mal de ojo, eso dicen las que saben.

Aunque en realidad el mal de ojo no es sino una miradita mal tejida, una maña del reojo o una vista que absorbe toda luz. Oscuro e incomprensible, el mal de ojo es famoso y milenario. Y lo es, no por malévolo, sino porque es el invento mágico para comprender, detener y suavizar los efectos de una mirada inoportuna y desafiante. Poner contras al mal de ojo podría evitar las guerras.

Y si vemos el mundo que vemos es porque los ojos apoyan, indagan, curiosean, detallan, impulsan y delatan. Ojos grandes, caídos, pesados, claros, oscuros; ojos que se esconden o que sobresalen. Cuencas que se maquillan o que mantienen su pasado intacto y párpados que no soportan ya ni su cansancio. Ojos que con sus miopías distorsionan la distancia y las formas confundiendo la cercanía con el amor o la distancia con la ausencia. Ojos que son alimento de vida y que, en ausencia de ellos, muchos viven obligados a escuchar lo que no quieren oír. Todos los ojos, oídos, bocas y pieles van perdurando en las miradas mórbidas o exóticas de los otros.

Por eso, mirar puede ser un acto de odiosa patanería o un sublime arte, porque quien mira no es un ojo sino un observador que ve lo que puede, lo que desea, lo que ha imaginado. Casi que puede verse sólo a sí mismo porque ve, además del mundo, sus pensamientos inútiles, sus opiniones idiotas o sus imaginaciones perversas. Ve su santidad o su pecado. Ve su valentía o su coraje. Ve su delicadeza o su brutalidad. Ve su amargura y hasta sonríe viendo su dulzura. Es el observador el que ve los sueños, el otro y el reflejo. El que ve es el que construye el mundo con su mirar amable, compasivo o impúdico, malsano y pecaminoso. Es el observador el que se levanta, abre los ojos y huele la guerra, obliga el conflicto o le hace eco a la fealdad. Es el observador el que se retira en silencio habiendo visto la belleza de lo simple, la fuerza de los corazones o los imposibles que nunca imaginó.

Y cada indiscreto llega con su mirada, la que está desnuda por inocencia o la que se silencia por deshonesta. A veces el curioso es el infinito, el espacio y la bóveda celeste cuando ofrece sus ojos al cielo o se detiene en el detalle, en lo inadvertido. Hay miradas que juzgan y miradas que devoran. Envidia es la opresión de una mirada. Guiños son las miradas que se entusiasman y juegan. Deseo es una mirada que se hace éxtasis.

Mirar el mundo es un todo, un alboroto y la certeza de la distracción de quienes se entregan a una invención más. Pero cerrar los ojos para aprender a ver es el camino de los colores de la alegría. Es el gran espectáculo.

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