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Diana Castro Benetti 13 Sep 2013 - 11:00 pm

Mirando

Diana Castro Benetti

Nada más difícil de exorcizar que un mal de ojo, eso dicen las que saben.

Por: Diana Castro Benetti

Aunque en realidad el mal de ojo no es sino una miradita mal tejida, una maña del reojo o una vista que absorbe toda luz. Oscuro e incomprensible, el mal de ojo es famoso y milenario. Y lo es, no por malévolo, sino porque es el invento mágico para comprender, detener y suavizar los efectos de una mirada inoportuna y desafiante. Poner contras al mal de ojo podría evitar las guerras.

Y si vemos el mundo que vemos es porque los ojos apoyan, indagan, curiosean, detallan, impulsan y delatan. Ojos grandes, caídos, pesados, claros, oscuros; ojos que se esconden o que sobresalen. Cuencas que se maquillan o que mantienen su pasado intacto y párpados que no soportan ya ni su cansancio. Ojos que con sus miopías distorsionan la distancia y las formas confundiendo la cercanía con el amor o la distancia con la ausencia. Ojos que son alimento de vida y que, en ausencia de ellos, muchos viven obligados a escuchar lo que no quieren oír. Todos los ojos, oídos, bocas y pieles van perdurando en las miradas mórbidas o exóticas de los otros.

Por eso, mirar puede ser un acto de odiosa patanería o un sublime arte, porque quien mira no es un ojo sino un observador que ve lo que puede, lo que desea, lo que ha imaginado. Casi que puede verse sólo a sí mismo porque ve, además del mundo, sus pensamientos inútiles, sus opiniones idiotas o sus imaginaciones perversas. Ve su santidad o su pecado. Ve su valentía o su coraje. Ve su delicadeza o su brutalidad. Ve su amargura y hasta sonríe viendo su dulzura. Es el observador el que ve los sueños, el otro y el reflejo. El que ve es el que construye el mundo con su mirar amable, compasivo o impúdico, malsano y pecaminoso. Es el observador el que se levanta, abre los ojos y huele la guerra, obliga el conflicto o le hace eco a la fealdad. Es el observador el que se retira en silencio habiendo visto la belleza de lo simple, la fuerza de los corazones o los imposibles que nunca imaginó.

Y cada indiscreto llega con su mirada, la que está desnuda por inocencia o la que se silencia por deshonesta. A veces el curioso es el infinito, el espacio y la bóveda celeste cuando ofrece sus ojos al cielo o se detiene en el detalle, en lo inadvertido. Hay miradas que juzgan y miradas que devoran. Envidia es la opresión de una mirada. Guiños son las miradas que se entusiasman y juegan. Deseo es una mirada que se hace éxtasis.

Mirar el mundo es un todo, un alboroto y la certeza de la distracción de quienes se entregan a una invención más. Pero cerrar los ojos para aprender a ver es el camino de los colores de la alegría. Es el gran espectáculo.

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de los buenos dias

Sab, 09/14/2013 - 10:44
Uff maximo. Pensemos tambien en las miradas duales, aquellas que conllevan el amor y el odio al mismo tiempo. La mirada estereoscopica no solo nos sirve para reconocer la distancia, tambien nos da dos apreciaciones.
Opinión por:

dalilo

Sab, 09/14/2013 - 10:21
Yo se que a un expresidente le hicieron mal de ojo y se quedo enano, asesino y cascarrabias.
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