Por: Diana Castro Benetti

Mística sin dictaduras

Los éxtasis místicos son cosa de otro orden. Y son de otro orden porque remueven las estructuras anquilosadas del deber, desajustan las ideas y son como la rebeldía de la existencia. A los éxtasis místicos no los alcanza la lógica. Son las experiencias que no le pertenecen al tiempo, a la causa o al efecto.

Son como la mágica fascinación de los discípulos del Buda durante sus relatos debajo de un árbol o como esos amores profundos que se descubren en un instante y que no tienen ni carne ni hueso. Son las vivencias de Rumi, poeta sufí del siglo XIII, cuando se disolvía en la infinitud del cielo, la rosa de su jardín o su primer poema. Poco puede comprenderse el amor que transciende los siglos.

De otro orden y lugar son también las pasiones extremas. Esas que exaltan o anulan ideas o viven del miedo agazapado. De otro orden son las dictaduras para el ser y las exigencias para el devenir. Pasiones por conceptos únicos y verdaderos. Pasiones por reproches únicos y verdaderos. Místicos y fanáticos se parecen pero nunca serán iguales. Los unos andan con el amor a cuestas; los otros viven del miedo y buscan imponer y colonizar. Los unos se expanden con cada respiración, los otros se contraen con cada envidia; los unos son rebeldes del futuro y los otros duermen con cadenas del pasado.

Cada místico, en su éxtasis de amor, duda de sus visiones, reconoce que su cuerpo no le pertenece, se declara parte de un infinito y adora hasta a la criatura más fea. Camina despacio, vive el silencio y es comunión con otros. El fanático, por el contrario, le abre la puerta a la exclusión o hace de una única verdad su camino de perdición. Ni escucha, ni acepta, ni dialoga. Es pequeño en su estrechez y fácil de adivinar aunque difícil de lidiar.

Invisible y a la vez gigantesca, la diferencia entre unos y otros no pasa de ser una ilusión. Radica en la actitud y confianza de la libertad como norte. Membrana débil que permea los sentimientos y toda acción privada o pública; débil frontera donde la encrucijada no muestra la solución a los dolores, los deseos irrealizados o las dudas.

En la tenue diferencia, el místico simplemente ama. El místico es ejemplo de compasión y de entrega, pero no de ceguera. El místico se distancia del rezandero porque supera los dogmas y los límites y va más allá de todo credo. Ama, pero con la libertad de existir, de ser y de hacer. Ama una libertad desconocida, casi utópica. El místico está desprovisto de adoraciones vagas; es loco, diablo, sabio. El místico es la luna, el sol y la lluvia, como cuando Francisco de Asís caminaba entre los olivos. Se sabe el infinito y, por lo mismo, se sabe ínfimo. La diferencia entre la mística y la dictadura es la mínima distancia que hay entre el miedo y el amor, el orgullo y el servicio. Esa mística sin dictaduras, unos la cultivan dentro. Otros, no.

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