Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Mitos y metas de la paz

Comienzan las conversaciones en Oslo, bajo el doble signo de síntomas positivos y de aprehensiones. Por una parte, los protagonistas —el Estado y la guerrilla— han dado señales en la dirección correcta.

 Por otra, hay mucho camino por recorrer y una confusión notable rodea al proceso. Hay toda una colección de mitos que circulan sobre la paz, que de generalizarse pueden convertirse en serios obstáculos para conseguirla.

Al primero lo bautizaría la panacea participativa. Desde el ministro del Interior hasta el último de los periodistas deportivos responde, si se le pregunta, que la paz necesita más participación. Pero la participación ciudadana es demasiado importante como para banalizarla de esa manera. Ella puede generar muchos bienes sociales, pero implica también diversos costos, comenzando por los de coordinación. Y también tiene prerrequisitos institucionales y materiales. Acordar cosas entre muchos es difícil, a partir de cierto umbral exponencialmente complejo. De hecho, si ustedes miran a la delegación del Gobierno se darán cuenta de inmediato que hay opiniones, agendas y matices distintos: los temas de coordinación comienzan antes de llegar a la mesa. Sobrecargar a la paz con demandas comprensibles, acaso legítimas, pero interminables de participación y de voz, es hacerla inviable.

Al segundo, sobre el que tendré aún mucho más que decir en el futuro inmediato, lo llamaré el giro melancólico. El giro melancólico consiste en reaccionar a las conversaciones recordando los errores, los horrores, y los desamores, en que han estado involucrados los dos protagonistas. Sobre el tema hay sin duda mucha tela que cortar. Pero en política uno nunca ataca un curso de acción en abstracto. Se ataca si se encuentra una mejor alternativa. En Colombia, hay dos. O la victoria militar del Estado, o la permanencia del statu quo. Creo que se puede argumentar con muy buenas razones que la paz negociada es la mejor opción de estas tres (menos costos, menos riesgos, más beneficios). Si tal premisa es correcta, entonces la pregunta es cómo hacer que el proceso sea viable y óptimo, dadas sus restricciones.

Si no hubiera sido tan horrible... Pero fue horrible, duró 50 o más años, y aquí estamos, parados sobre este relajo. La pregunta es si podemos salir civilizadamente de él, es decir, conversando. Uno puede hacer ante las dificultades, limitaciones y aristas antiestéticas del esfuerzo un mohín de desencanto; pero eso es un gesto, no un argumento. Alguna vez un notable personaje de la generación de centenaristas del siglo XX, creo que Nicolás Esguerra —esto lo leí en una de las páginas inolvidables de LENC—, dijo que a los colombianos se nos olvidaba con frecuencia que la melancolía era un estado de ánimo y no una profesión. A esta tradición se suma, por supuesto, la cantidad de esfuerzos fallidos en los últimos lustros. Pero no se puede olvidar que, así como hay una credibilidad ingenua, hay un escepticismo ingenuo, tan proclive a lo inverosímil como aquella (“los gringos no llegaron a la Luna, fue un complot de la CIA”).

Aún tengo otros mitos en el tintero; esos tendrán que esperar para después. Pero digo esto porque la paz necesariamente pasa por el mundo de las ideas (también, por supuesto, por el de los corazones). Y, como a la historia le encanta embromarnos con sus ironías duras, podría suceder que preciso ahora cuando la cosa parece verosímil —no, ni siquiera probable: sólo creíble— a nuestra sociedad se le haya olvidado apostar y pensar por la paz.

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