Por: Rafael Orduz

Mockus o el respeto por el otro

Mockus no puede retirarse de la política. Bien porque participe directamente en el proceso electoral, bien porque juegue un papel pedagógico, Mockus es necesario en un país polarizado y agresivo.

A tres años de la famosa “ola verde”, algunos han apostado a que el exalcalde ya nada tiene que hacer en la arena pública, que está “quemado”. Podrá discutirse si se preparó suficientemente para los debates de segunda vuelta en la campaña presidencial anterior, si debió o no retirarse del Partido Verde.

Sin embargo, tanto sus tesis de ley, moral y cultura, de “todos ponen, todos toman”, “recursos públicos, recursos sagrados”, como su política de cultura ciudadana aplicada como alcalde de Bogotá, están más vigentes que nunca. Antanas, en ese terreno, es líder indiscutible.

El nivel y los términos de pugnacidad entre connotados líderes políticos, amén del eco agresivo y procaz de algunos en las redes sociales y otros medios digitales, hacen necesaria la participación activa de quienes busquen agrupar y construir en un marco de respeto por el interlocutor.

En toda democracia el debate político agudo está sobre la mesa. Baste recordar las intervenciones de alto tono de Rajoy frente a Rodríguez Zapatero, jamás correspondidas, ahora que debe lidiar el caso Bárcenas, así como los debates en muchos países, entre derecha e izquierda, ambientalistas, partidos de influencia religiosa o étnica. En general, en las democracias, aquellos suelen basarse en argumentos. Pero acá…

Eso de ver a un presidente de la República diciendo que su primo tiene sida en el alma y, viceversa, a quienes se oponen al proceso de paz, tratando de guerrillero al mandatario de los colombianos; la facilidad con la que unos a otros se suelen tildar de mentirosos; las acusaciones oficiales infundadas, como la de atribuir la responsabilidad de algunos paros a determinados políticos de izquierda; las agresiones entre antiguos líderes del Polo, como si fueran profetas sunitas y chiítas frente al demonio, son exabruptos rutinarios que envenenan la atmósfera y que en nada contribuyen a procesos de reconciliación, amén de ser los peores ejemplos de cultura política para niños y jóvenes.

Hay que añadir en Colombia el ingrediente letal de bandas de criminales que se atreven a declarar objetivos militares, por motivos de ideología, como ha ocurrido por décadas, a dirigentes de izquierda; o el de las Farc eliminando a líderes indígenas.

Es difícil imaginarse a Mockus participando en elecciones presidenciales montado en estructuras políticas compuestas de intereses gestionados por políticos mezquinos. Pero sí puede verse en el Senado, o jugando un rol pedagógico apuntando a que el respeto por el otro en el debate político forme parte de la cultura ciudadana.

Insultar y ofender no es ilegal, pero Mockus podría ayudarnos a que sea motivo de censura social, incluida la digital, el mejor método para obligar a muchos políticos a portarse con respeto por el otro.

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