Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Modelos y elecciones

La decisiva campaña de 2018 ya comenzó. Y los candidatos que ya se lanzaron al ruedo comienzan a cabalgar sobre el lomo de los modelos mentales que tienen acerca de cuáles podrían ser las razones por las cuales los ciudadanos quisieran votar por ellos.

El modelo de Uribe y el conservatismo selvático se construye alrededor del miedo, la furia y el sentido de rebaño. Lo que se reduce finalmente a dos grandes motivos. Entre más odie o tema la gente, mejor. Y entre más crea que se alineará con los ganadores, mejor. Uribe, con su combinación de gritos, expresiones oblicuas y silencios, es un maestro en el arte de sugerir tanto pánicos como futuros luminosos. Por eso ahora lo compadezco. No es broma. ¡Cuánto debe deplorar el estar rodeado de ineptos, como este atribulado Pastranita —¿será posible volver a escribir su apellido sin el diminutivo?— que dejó conocer su juego! Que Pastranita haya descrito una situación de melancólica subordinación, en la que el arrogante magnate norteamericano les regaló el bálsamo de un saludo casual a dos pobres “hispanos”, como una “conversación franca y casual” es un buen motivo de risa en un país en el que esos motivos parecen estar agotándose de manera vertiginosa. Pero esto no debe hacer olvidar que la extrema derecha colombiana tendrá que seguir tratando de aprovechar lo que ella considera una situación internacional favorable, para hacerle saber a sus electores que “vamos ganando” pues Trump podría poner en cintura a los castro-chavistas colombianos.

El modelo de Germán Vargas es que los electores responden al autointerés. De ahí su pretensión de presentarse como líder eficiente y con autoridad, y de abandonar los temas de la “política” para concentrarse en los de la “ejecución”. Sí: un poco la “democracia del coscorrón”. Mientras que Robledo y Claudia López le apuestan a la indignación, a la rabia de quien se siente estafado. Sergio Fajardo, en cambio, quiere jugarse la carta de la apacibilidad y de la no polarización. El modelo aquí sería: entre menos ruido, mejor.

Este es el elenco de los que se han lanzado ya al ruedo, y aspiran a la renovación. ¿Y los centristas en el poder? Ay del triste y desguarambilado centrismo colombiano que dilapida su capital político en hacerse querer a punta de favores, o en hacerse perdonar a punto de claudicaciones (no obteniendo, de paso, ni lo uno ni lo otro). Su modus operandi me recuerda una idea genial que de pronto se le ocurrió a Milhouse, como síntesis de sus perseverantes y siempre infructuosos esfuerzos por cuadrarse a Lisa Simpson: “Cuando vea que hago todo lo que ella me dice me respetará más”. Y así, zarandeado por todas las fuerzas, el Gobierno va dándole gusto a esta y a aquella, sin ganarse el respeto de ninguna, y en cambio irritándolas a todas. Y en medio de la operación se van perdiendo muchas de las cosas benéficas de esta paz ganada a pulso: buena parte de sus réditos políticos, buena parte de sus implicaciones de reconstrucción y transformación, y casi toda la narrativa unificadora que permitiría vincular la paz con la vida y los intereses concretos de todos los colombianos. Así que me abstengo de tratar de interpretar el modelo que viene desde allí.

Pero ante la diversidad de los otros modelos la pregunta de quién ha interpretado la realidad de mejor manera se sugiere a sí misma. ¿Qué hace que la gente que vota se incline por un(a) candidato(a)? ¿Qué podrá influir de forma más contundente sobre los que van a votar pero aún están indecisos? Aquí la lotería va a estar necesariamente sesgada: con una alta probabilidad, el premio gordo irá a las manos de quien haya construido un mejor modelo de los motivos que mueven a los colombianos.

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