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Héctor Abad Faciolince 12 Ene 2013 - 11:00 pm

La moneda del billón

Héctor Abad Faciolince

No sólo no soy economista sino que ni siquiera entiendo lo que es la plata.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Quizá por mi misma ignorancia es por lo que tanto me fascina que haya ahora tantos expertos que le estén pidiendo al presidente Obama que acuñe una única moneda de platino y le asigne el inmenso valor de un millón de millones de dólares (es decir un billón en castellano y un trillion en lengua inglesa), de tal manera que con esa simple medida se sacuda de la amenaza de no poder superar el techo de la deuda —como pretenden los republicanos— y así seguir pagando los gastos aprobados por el mismo Congreso, y cumpliendo, al menos nominalmente, con dos leyes contradictorias: honrar las deudas y no superar cierto techo de endeudamiento para pagarlas.

La cosa funcionaría así, según el premio Nobel de Economía Paul Krugman, que apoya la medida: “El Tesoro acuñaría una moneda de platino con un valor nominal de un billón de dólares. Esta moneda sería depositada inmediatamente en la Reserva Federal, la cual acreditaría esa suma a las cuentas del Gobierno. Y el Gobierno podría entonces hacer cheques contra esa cuenta, operando normalmente y sin tener que tomar ningún préstamo adicional”. Parece un truco de magia, pero hay muchos economistas serios que piensan que la cosa funcionaría sin disparar la inflación y que así Obama se quitaría de una vez por todas el chantaje de los republicanos que exigen que el Gobierno disminuya el gasto social, sin tocar, por supuesto, los gastos militares.

Antes de volver a esta monedita milagrosa quisiera preguntarme, y preguntarles, qué es el dinero. Si uno piensa en el oro, por ejemplo, que es quizá la moneda más apetecida y antigua, la respuesta no es fácil. ¿Por qué vale tanto un metal que es casi inútil? Es verdad que no se degrada, que sirve para los puentes dentales y para algunos contactos en aparatos electrónicos, pero su verdadero valor no reside en sus cualidades intrínsecas sino en su escasez. Si un gran meteorito de oro cayera sobre la tierra y se pudiera explotar, el oro sería tan barato como el hierro. El cobre o el petróleo son cosas útiles que se producen y se gastan; el oro, en cambio, es tan inútil que se extrae y se guarda. Y sin embargo la “sed del oro” podría destruir todas nuestras montañas.

Nunca he podido saber si el dinero es una cosa real (antes los pesos estaban respaldados por oro, ya no) o una cosa simbólica. Sé que llega a nuestras manos y se esfuma en cuentas, en comidas, en remedios, en regalos; sé que si trabajamos todo el mes nos entregan algunos papeles con caras de próceres con los que volvemos a pagar el agua. Pero los gobiernos pueden imprimir esos papeles mágicos, usted y yo no podemos. Por supuesto que un gobierno serio no puede imprimir sin parar porque entonces se llegaría a lo que pasaba en Alemania en los años 30, que para pagar el mercado había que llevar una carretillada de billetes, y la moneda se devaluaba cientos de veces de la noche a la mañana, con lo que nadie sabía cuánto valían las cosas. Pero algunos dicen que acuñar esta moneda no sería inflacionario (ni sería hacer riqueza a partir de aire), sino algo sano para evitar que la economía más grande de la Tierra se declare en bancarrota y tenga que dejar de pagar, por ejemplo, los bonos del tesoro, cosa que ocurriría en un par de meses. Con esta monedita mágica el gobierno gringo no tendría problema de gasto durante un año.

Otra opción, que según otros tampoco es inflacionaria, sería acuñar monedas de 50 millones de dólares, las cuales serían compradas como medida de seguridad (y guardadas en cajas fuertes) por grandes empresarios y compañías, que al no entrar en circulación, no producirían efectos indeseados. Apenas entiendo esta magia; hay quienes dicen que es serio y quienes dicen que es una locura crear riqueza de la nada. ¿Pero no es el oro, en sí mismo, una riqueza que tampoco se basa en nada? El oro no se come ni se bebe ni se usa ni sirve para nada, y sin embargo vale.

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