Por: Gustavo Páez Escobar

Monstruos

Cuatro casos horripilantes ocurridos en los últimos días ponen de presente el grado de perversión humana que se vive en Colombia desde hace largo tiempo, a merced de gente depravada que recorre las calles como seres normales, y que son peores que las fieras más sanguinarias.

La sociedad está atacada por la esquizofrenia. Terrible enfermedad transmitida por la plaga de sicópatas, dementes y desadaptados que esconden sus instintos salvajes en la vida ordinaria, donde suelen aparecer como personas inofensivas, y en el momento menos esperado inoculan el veneno letal que cargan en sus entrañas. A veces son víctimas de serias perturbaciones síquicas que reclaman pronto tratamiento. Pero como ni ellos ni el Estado pueden concedérselo, se convierten en monstruos incurables capaces de cometer las mayores atrocidades.

Hace un mes, Rosa Elvira Cely fue encontrada todavía con vida en el Parque Nacional de Bogotá, violada y torturada en la forma más aberrante que pueda concebirse. Murió de una peritonitis en el hospital al que fue llevada por la Policía en forma tardía. Había salido de un bar junto con un conocido, que sería el agresor. El presunto criminal, Javier Velasco, deberá responder además por el abuso sexual de dos hijastras de 4 y 10 años, en hechos ocurridos y denunciados en el 2007. Con todo, andaba suelto. Este caso encaja en la conducta de los asesinos en serie, un verdadero peligro para la sociedad.

En Bogotá, el 17 de junio, el joven abogado Juan Guillermo Gómez salió de un bar en la zona rosa y se dirigió a pie a su residencia en el barrio Rosales. En el recorrido fue interceptado por un grupo de malhechores. Y le echaron mano al celular. No se conformaron con robárselo, sino que lo asesinaron a cuchillo. La policía capturó cuadras adelante a tres adultos y un menor, de 16 años, en poder de los cuales apareció el celular. Hablaban tranquilamente, como si nada hubiera ocurrido.

Una cara más, no solo de la inseguridad bogotana, que es la misma que existe en las grandes ciudades, sino de la frescura con que se mata cuando se opone resistencia o no se accede de inmediato al deseo de estos asaltantes de las calles que irrumpen a cualquier momento como lobos sanguinarios, y poseen la suficiente sangre fría para cometer las mayores barbaries.

El 25 de junio, en Curillo (Caquetá), Ramón Reyes llegó a su casa y le pidió a su madre que le preparara un agua de sábila para calmar un fuerte dolor de estómago. Deseaba distraerla. Quizás estaba desesperado porque no conseguía empleo. Y subió al segundo piso, donde dormían su esposa y sus cinco pequeños hijos, uno de ellos de seis meses. Minutos después, la alcoba era un mar de sangre: había degollado a las seis personas, y con la misma arma se había suicidado. Este proceder oscuro e indescifrable hace pensar que el sadismo y la brutalidad del hombre enajenado no tienen límite. Las fieras no hacen lo mismo.

En Villavicencio, ese mismo día, John Árlex Ferreira tuvo serenidad para escribir unas líneas a una hermana suya contándole que había asesinado a su esposa y a sus dos hijos. Sucedido el hecho macabro, trató de suicidarse. “No sé qué pasó. Toda la culpa es mía”, le dice a su hermana. Personas allegadas al hogar dicen que el asesino podría estar mal de la mente a raíz de un paludismo cerebral adquirido cuando prestaba el servicio militar. El abogado quiere fundar su defensa en este hecho. El resultado del desequilibrio mental (si de tal se trata) vino a explotar con el exterminio de la familia.

Vivimos rodeados de monstruos. La ciudadanía no tiene cómo defenderse de estas fuerzas soterradas que mantienen en vilo la tranquilidad pública y la paz de los hogares. La inseguridad ciudadana ha llegado a extremos inauditos. El Estado es ineficiente para dispensar el equilibrio y el bienestar que necesita la sociedad, y los gobiernos, asimismo, resultan inoperantes.

Como si fueran pocos los monstruos sociales que acechan en las calles e irrumpen en los hogares, un grupo de parlamentarios, también desquiciados, en lugar de legislar en bien del pueblo, lo hicieron en su propio beneficio. Y alcanzaron a crear su propio monstruo: el de la reforma judicial, que por fortuna fue destruida por la opinión pública. A Colombia no le cabe un esperpento más. Ni resiste más locuras.

escritor@gustavopaezescobar.com 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gustavo Páez Escobar