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Eduardo Barajas Sandoval 10 Jun 2013 - 10:00 pm

Mucho más que un gobierno

Eduardo Barajas Sandoval

De cuando en vez la oposición termina agradecida con el gobierno por haber obrado el milagro de unirla.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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Suele suceder que las fuerzas de oposición se agrupan cuando las naciones entran en procesos de arreglo de cuentas políticas a partir de hechos que en realidad no son otra cosa que la cuota final de un acumulado de razones para reclamar cambios de rumbo. Si los ciudadanos alcanzan a entender cuándo una situación tiene que ver con algo más que un turno de gobierno, existen mejores opciones de conseguir que se obre con acierto.  

El intento de introducir en la vida nacional un esquema de abandono paulatino del laicismo radical que animó la fundación de la República Turca en la primera mitad del Siglo XX, debía conducir tarde o temprano a una confrontación con quienes se mantienen integralmente fieles al modelo instaurado desde entonces por Mustafá Kemal, Ataturk, lo mismo quecon fuerzas que planteen nuevas alternativas, a la luz de los retos del Siglo XXI. Por esa razón el Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan ha obrado el milagro de unir a la oposición y, a partir del anuncio de un proyecto de desarrollo urbano, ha conducido a que se desate una crisis que tiene que ver con definiciones mayores sobre el modelo político del país. 

A juzgar por lo que ha pasado, todo estaba listo para que estallara un enfrentamiento por fuera de las urnas. Por eso la decisión de afectar con fines comerciales parte de uno de los pocos espacios despejados de la urbe de Estambul, en la colina de Taksim, a su vez un invento del urbanismo republicano, fue la señal de partida de un movimiento de espectro nacional contra un gobierno que por más de una década ha logrado mantenerse en el poder con un discurso que si bien no se opone radicalmente a los postulados de la República, va dando pasos hacia una islamización que, por moderada que sea, se aparta de la idea de un país eminentemente laico, enuna marcha con efectos internos e internacionales dignos de atención. 

En el orden interno, y sin perjuicio de la aparición de terceras vías, se abre otra vez la competencia entre quienes defienden el orden fundacional de la Turquía moderna y quienes proponen una mutación que podría alejar al país de la institucionalidad laica de corte occidental instaurada por Ataturk, cuando después de evitar la desbandada nacional a la caída del Imperio Otomano señaló el camino del futuro lejos de la influencia religiosa, con las fuerzas armadas como garantes de la fidelidad al modelo y de la estabilidad nacional. 

En el orden internacional, la consolidación de una Turquía cabalgando entre Europa y el Asia Menor, y marchando al mismo tiempo en dirección del Islam, plantea preocupaciones importantes por los desequilibrios que podría traer en una región en la que ha jugado un papel de no militancia religiosa que le permite ser interlocutor de comprobada solvencia para oriente y para occidente a la vez.

El proceso político y cultural que ha impulsado el gobierno había avanzado hasta ahora en forma aparentemente moderada, sobre la base de credenciales electorales que le han conferido una legitimidad indiscutible. La prueba es que Erdogan ha ganado ya tres elecciones y sigue siendo la figura política más popular del país. Otra cosa es que los sectores que encarnan a fondo el espíritu laico y republicano de Ataturk, lo mismo que los de avanzada hacia formas de vida aún más liberales, hayan sentido la incomodidad de lo que consideran un desbalance entre religión y democracia, a favor de la primera. 

La negativa de Erdogan a cambiar de opinión sobre su proyecto urbanístico, y su advertencia a los manifestantes sobre los costos de una confrontación en la que él tiene a la mano las herramientas de la imposición del orden y un sólido apoyo electoral, particularmente fuera de las grandes ciudades, estarían configurando un mapa de preocupante división nacional. Si esa división se llegare a profundizar, es posible que las miradas comiencen a girar hacia las fuerzas armadas, cuya posición frente al problema puede resultar definitiva, en la medida que tradicionalmente han ejercido como árbitros de las situaciones de emergencia, en ejercicio del papel de garantes de la continuidad republicana, que les asignó el propio Padre de la República. 

Convencida delvalor de las potencias medias en el nuevo orden mundial, Turquía apoya el diálogo de civilizaciones y lidera con Finlandia el grupo de “amigos de mediación”. Además ha ejercido con paciencia una moderación muy apreciada ante la guerra de Siria, para evitar una escalada que podría llegar a incendiar el Medio Oriente. El Primer Ministro Erdogan fue de los primeros en recomendar la salida del Presidente Mubarak y apoyó las recientes revoluciones árabes en busca de cambios de los anquilosados regímenes de la postguerra. También visitó Mogadiscio y abrió embajada en Somalia, lo mismo que ayudó en Haití. Todo esto bajo la premisa de que puede jugar un papel relevante, inclusive en escenarios alejados de su región. 

Las credenciales internacionales de Turquía se fundamentan en tres elementos de valor histórico y estratégico difíciles de conseguir: su experiencia imperial en una región amplia del mundo en la que la voz del gobierno de la Sublime Puerta fue en otras épocas definitiva; su condición de país al mismo tiempo musulmán moderado y regido por principios democráticos; y el tamaño de sus fuerzas armadas, integradas al seno de la OTAN y unas de las más grandes del mundo.Es justamente todo esto lo que hace pensar que la dirección que tome en adelante el proceso político interno de Turquía tendrá implicaciones de importancia en el orden internacional. Por eso conviene tal vez comprender que la crisis actual tiene que ver más con un proceso de largo plazo que con el destino de un gobierno. 

  • Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

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