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Gustavo Páez Escobar 30 Nov 2012 - 11:00 pm

La mudanza

Gustavo Páez Escobar

Pues sí: llegó la hora de la mudanza. Una amiga mía dice que no hay nada tan parecido a una hecatombe como un trasteo.

Por: Gustavo Páez Escobar

Esto de dejar el sitio donde hemos visto transcurrir gratos años de nuestra existencia, para enfrentarnos a lo incógnito, a lo sorpresivo e impredecible, produce nostalgia.

La tortura de la mudanza empieza desde el día en que empacamos la primera caja. De ahí en adelante no cesamos en la carrera loca de hacer caber todo nuestro mundo en la hilera de cajas que nos aguardan. Mi ama de casa, tan minuciosa, tan detallista, tan previsiva, comienza a bajar de los estantes las vajillas que solo usamos en circunstancias especiales. Después viene el desfile implacable de los artículos de uso diario. A los tres días de esta tarea, ya no se encuentran, dentro del terrible revoltijo en que ha quedado convertido todo el apartamento, ni los platos para el desayuno, ni el pocillo para el café, ni el azúcar para endulzarnos la vida.

Se alterna la labor del empaque con la desocupación de los clósets colmados de ropa que no usamos desde hace varios años, y que ya “está pasada de moda”, como dice mi señora. Es entonces cuando descubrimos que nos hemos llenado de una cantidad de ajuares, de trapos, de cosas innecesarias que es preciso eliminar si pretendemos caber en el nuevo espacio, que es cómodo y suficiente. En esta labor de limpieza de los objetos inútiles, viene el sentido de la poda, de la destrucción de papeles, de la simplificación de nuestro cotidiano modo de vivir.

Hace veinte años nos trasladamos a un lugar tranquilo, delicioso, rodeado de una preciosa arboleda. Pocos años después, el ímpetu del “progreso” destruyó la arboleda para darle salida a una arteria necesaria para hacer avanzar la ciudad, abrió la calle cerrada, invadió el ambiente de estrépitos, de toxinas, de pitos y carros desaforados, de sirenas en eterna estridencia.

Los depredadores del urbanismo comenzaron a reemplazar las bellas casas coloniales por airosos edificios. El barrio se desfiguró. Con esta metamorfosis, llegó la época de los hoteles de lujo, de los grandes almacenes, de los emporios empresariales. El sosiego del paraíso fue trocado por el arrebato del modernismo.

Ahora, el mismo escritor de hace veinte años tiene que enfrentarse al traslado de sus libros, los que han crecido de manera providencial, pero inmanejable. Por eso, parte de la biblioteca la traslada a la casa campestre de Villa de Leiva. Otra parte la obsequia a la Casa de Cultura de Choachí, como homenaje al poeta Germán Pardo García, cuya memoria se enaltece en el museo que lleva su nombre.

El resto de los libros ya está en el nuevo apartamento, en infinidad de cajas henchidas de letras resignadas, y al mismo tiempo victoriosas, por haberse salvado del naufragio que significa el cambio de residencia. Dentro del caos imperante no se localiza nada, todo se enreda, a cada rato nos tropezamos unos contra otros y nos sacamos chispas.

A pesar de todo, ya estoy en el nuevo apartamento, escondido detrás de una caja donde he logrado instalar el computador para comunicarme con mis lectores. Y para que sepan que no he naufragado, pues me acompañan mis libros, los amigos que nunca fallan. Esto representa un triunfo grande en medio de la hecatombe de que habla mi amiga. Hemos vuelto a un sitio sosegado, encantador, con calle cerrada y arboleda al frente de las ventanas. Como hace veinte años.

Solo siento que Bogotá se haya deshumanizado cada vez más y haya perdido la amabilidad de otras épocas, para volverse la ciudad áspera de hoy en día, que parece salírsele de las manos al alcalde Petro. De todas maneras, es una urbe esplendorosa en muchos aspectos, en medio de infinidad de problemas que, por falta de soluciones oportunas, asfixian hoy la vida de los ciudadanos.

escritor@gustavopaezescobar.com

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suesse

Sab, 12/01/2012 - 16:08
Los bogotanos de casa, jardin y patio han sido desplazados por los otros "desplazadores", igual de crueles y sin recato que los rurales: los constructores, quienes aliados con bancos, curadurias de pacotilla y aprovechando la ausenci de quien cuide por lo público, siguen creando la versión a lo "pobre" ( y fea, y descuidada, y sin calidad de vida real) de cualquier urbe asiática solo llena de edificios, torres, nada de verde, y llena de gente apiñada, con sus carros de un solo ocupante...y endeudados hasta el copete durante décadas para pagar su apto. de precio europeo....Pero no hay nada de que extrañarse: es la "capital" de una anarquía, de Locombia!!
Opinión por:

Dolores Edelmyra

Sab, 12/01/2012 - 05:46
Ah, vida miserable la de los pobres que tienen que "trastearse". Nosotros los de la realeza tenemos villas, palacios, cotos de caza, pied de terre, piso en el centro y un avión privado tanqueado para salir volando cuando nos aburrimos.
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