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Santiago Gamboa 8 Mar 2013 - 11:00 pm

Mujeres 2013

Santiago Gamboa

Imposible no dedicar esta columna al eterno dilema del Día Internacional de la Mujer, aun si la actualidad del mundo propone temas casi insoslayables: la muerte física de Chávez y el rumor de que será embalsamado, como Mao y Kim Il-sung, una gota de “realismo mágico” en la pasión política de nuestros vecinos (esta columna, que ha sido tantas veces severa y crítica con el gobierno de Chávez, expresa hoy sus condolencias al Estado venezolano), o el trono vacío del Vaticano, una escena que imagino pintada por Botero, cuyos retratos de papas y prelados son únicos en la pintura moderna, o el otro trono vacío, el del presidente del Consejo de Italia y el Berlusconi decadente, personaje no del “realismo mágico” sino de la opereta, una versión pixelada y pop de Gustav von Aschenbach, el viejo músico de Thomas Mann en Muerte en Venecia que, maquillado y ridículo, intenta seducir a un jovencito.

Por: Santiago Gamboa
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Pero acabo de regresar de un viaje por la India, donde la mujer está recibiendo un golpe tras otro, y crece el número de víctimas. Las noticias más graves saltan a las primeras planas internacionales, pero hay más: múltiples historias que, sin trascender por repetitivas, escuché aquí y allá, casos y casos de jóvenes perseguidas, golpeadas, de parejas sorprendidas por grupitos de muchachos que dejan magullado al novio y violan a la mujer, largándose luego en moto y entre carcajadas. Como en La naranja mecánica, una forma de fascismo encarnada en el “macho” todopoderoso, y con una lectura psicótica del hinduismo (la mujer como complemento), pero que más bien parece una escotilla de salida en una sociedad en la que, de forma mayoritaria, el sexo en la vida cotidiana es conflictivo, tabú y muchas veces frustrante. Y así en tantos países.

Celebrar el Día de la Mujer es ser un poco cómplice de todo eso, pues significa considerarla ornamento, propiedad, botín, atributo. Igual que en las horripilantes canciones tradicionales colombianas, esas que celebran “la belleza de nuestras mujeres”, poniéndolas en el mismo plano que las orquídeas y la comida típica, y subrayando que los colombianos son los hombres, pues ellas parecieran formar parte del ecosistema de un modo distinto, como el colibrí y las muchas variedades de frailejón o papa criolla que brotan naturalmente en “esta bella tierra”.

Por eso, en lugar de seguir celebrando el Día de la Mujer, propongo dos salidas: la primera es abolirlo, acabar con esta charada machistoide en que el hombre le lleva una flor a las féminas que lo rodean, agradecido por “hacer su vida más llevadera”, ejemplo obvio de discriminación positiva. La otra es crear el Día Internacional del Hombre, equiparando los términos, llenando las portadas de las revistas con señores torsidesnudos, estupendos y jóvenes, sacando músculo y marcando paquete (como dicen en España), y esto, por ser absurdo, serviría para comprender el ridículo de haberlo estado haciendo durante décadas con la mujer. El hombre y la mujer son las dos versiones disponibles de ese mamífero que llamamos Homo sapiens, y ninguno de los dos es atributo u ornamento del otro. Las tradiciones ancestrales y las religiones que así lo postulan deberían ser, hoy, acusadas de violación y asesinato.

  • Santiago Gamboa | Elespectador.com

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