Por: Columna del lector

Las mujeres sí

El viernes pasado Catalina Botero y Magdalena Correa estuvieron en la Universidad de los Andes contándonos por qué aspiran a un lugar como magistradas de la Corte Constitucional. Brilló por su ausencia Alejandro Linares, el otro ternado del presidente, que desde 2012 está aspirando a la Corte Constitucional, pero al que, por lo menos yo, no le entiendo los motivos.

Inevitablemente, después de la presión para que el presidente presentara una terna de sólo mujeres para el reemplazo de Mauricio González, surgió la cuestión de género. Catalina Botero, que durante el conversatorio usó un lenguaje erudito y técnico, casi que dando clase de Derecho Constitucional, dio una respuesta tan elusiva como su tono, algo así como: “No voy a hablar de las reglas del juego mientras lo estoy jugando”. Esas no fueron las palabras exactas, pero se aproximan. Magdalena Correa, en cambio, con su tono directo y desparpajado dijo: “¡Las mujeres sí!”.

Estoy de acuerdo. ¡Las mujeres sí! Pero, ¿por qué? Que haya más mujeres en la Corte Constitucional es un asunto de justicia e igualdad. Pasa por la pregunta: ¿cómo puede ser justa una institución excluyente y poco diversa en su interior? O en palabras de Magdalena Correa, ¿con qué autoridad moral se habla de un discurso constitucional incluyente si no hay suficientes mujeres y no se considera valioso que las haya?

Aunque abogados y abogadas estemos igual en los niveles de entrada a la profesión, los que tienen realmente acceso al poder, al prestigio y a los escalones más altos de la carrera son los abogados. La Corte Constitucional es un ejemplo de esto. Pero las firmas de abogados en Colombia también lo son. ¿Cuántas mujeres socias hay en estas firmas? Y la academia tampoco se queda atrás: ¿cuántas mujeres son decanas en las Facultades de Derecho del país?

Pero decir “¡Las mujeres sí!” en este escenario sugiere otra pregunta: ¿qué le aportamos las mujeres al Derecho? Sin duda, en un país como Colombia, en el que datos del Observatorio Laboral para la Educación indican que, en niveles técnicos y profesionales, las mujeres se educan más que los hombres, no tener abogadas en los escalones más altos de la profesión es una fuga de cerebros. Si uno no incluye a las mujeres en el manejo de los asuntos más importantes y en los niveles de decisión, corre el riesgo de no tener a las personas más preparadas marcando la pauta en la profesión.

Pero la pregunta que quiero dejar abierta es: ¿podemos las mujeres hacer un Derecho diferente, mejor? ¿Podemos tener voz, causas y proyectos propios dentro de la profesión? O la presión por tener más magistradas es sólo un asunto de cifras, un compromiso con la equidad en los lugares que, convenientemente, tienen mayor visibilidad, mayor posibilidad de apaciguar reclamos feministas y crear la sensación de que la pregunta por las mujeres en la profesión está resuelta.

Decir que el argumento va más allá de las cifras y pensar que las mujeres tienen algo que decirle al Derecho y aportarle a la profesión tiene dos consecuencias: 1. En una profesión como el Derecho, en el que sus profesionales están tan desprestigiados, hay que procurar que más mujeres estén en los escalones más altos de todos los ámbitos de la profesión, no sólo en las altas cortes; 2. Las mujeres que llegan a estos lugares tienen un compromiso con la inclusión y la igualdad, deben procurar no caer en la trampa de reforzar el statu quo.

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