Por: Héctor Abad Faciolince

Munro y las corazonadas

Muchos matemáticos y algunos escritores dicen que encuentran la solución a sus problemas —teoremas, cuentos— durante el sueño, cuando la cabeza trabaja por su cuenta, sin las molestias de la realidad y sin el estorbo de la voluntad.

El jueves pasado me desperté a las 3:45 de la madrugada con un pálpito: Alice Munro se iba a ganar el Nobel de Literatura. Me levanté en la penumbra silenciosa de la casa y me puse a buscar uno de sus libros, Las lunas de Júpiter, pues tenía ganas de releer algo suyo. Busqué el libro por toda la casa, pero no puede encontrarlo por ninguna parte. Alguien dijo que los libros son orgullosos: si los prestas, nunca vuelven. Cuando ya me iba a acostar otra vez, resignado, recordé que tenía un libro de ella en otra parte: El amor de una mujer generosa. Lo encontré, y me puse a leer un cuento, “Podrida de dinero”, que me encantó. Volví a pensar que se merecía el Nobel.

 Prendí mi teléfono y abrí Twitter. Un amigo brasileño, Cassiano Machado, acababa de hacer un vaticinio: “Algo me diz que quem vai levar o Prêmio Nobel de Literatura (a ser anunciado logo mais) é o poeta Adonis.” De inmediato le contesto así: “@cassianoelek yo creo que será mujer y canadiense... Veremos. Estoy acariciando un libro de Alice Munro @delRioPilar.” Le copio a esta amiga, Pilar del Río, porque ella y yo tenemos un ritual la víspera del segundo jueves de octubre: acariciar un libro de algún escritor que queremos que se gane el Nobel; frotarlo como quien frota la lámpara de Aladino. Ella contesta al segundo: “@hectorabadf Hoy acaricio El Progreso del amor: con Premio o sin premio Alice Munro nos premia a los lectores”.

 Son apenas las cinco de la madrugada y me sumerjo en otro cuento de la Munro: “El sueño de mi madre”. Me siento tan fascinado por lo que dice y por cómo lo dice que vuelvo a coger el teléfono para tuitear: “He pasado esta madrugada leyendo a Alice Munro. Eso en italiano se llama ‘scaramanzia’. Espero que funcione.” La “scaramanzia” es una especie de conjuro, pensar que uno puede atraer lo bueno y alejar lo malo con algún poder misterioso, por ejemplo con las yemas de los dedos. Sé que no es verdad, pero me gusta jugar a la brujería, sobre todo si la hago con amigas brujas. En octubre del 2010 Pilar y yo acariciamos juntos La ciudad y los perros, La fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo… y nos funcionó. Pilar me escribe a las seis, cuando se sabe la noticia: “Parece que tenemos en la punta de los dedos la capacidad de la magia: acariciamos un libro y plof, la situación o persona se iluminan. No siempre, para qué nos vamos a engañar, pero sí algunas y sonadas veces. Hoy de nuevo. Qué gran alegría la Munro y sus pequeñas y cotidianas historias, tan despertadoras”.

Tiene razón Pilar: Alice Munro nos despierta. A mí me despertó en mitad de la noche, y cada vez que la he leído despierta en mí un pálpito de comprensión, una corazonada de que aquello que me está revelando sobre el alma humana (en especial sobre la manera de ser de las mujeres), es absolutamente cierto y profundo. Al premiarla a ella, de algún modo, la Academia sueca está premiando a los grandes maestros del relato corto que nunca premió, como Chéjov, Cortázar o Carver. Hay tanta densidad en los cuentos de Munro, que dejan la sensación de haber leído una vida entera, una novela.

Cuando me pasa que, mientras leo un libro, siento la urgencia de ponerme a escribir, de volver a confiar en la literatura, pienso que ese escritor, esa escritora es grande. Y ese es el tipo de libros que —con mi amiga Pilar— me gusta acariciar. Es superstición y mentira que tengamos magia en los dedos (Munro era una de las favoritas este año, adivinar era fácil), pero no es mentira que esa caricia —con premio o sin premio— sea de amorosa gratitud.

 

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