Por: Catalina Ruiz-Navarro

Natural

En 1945, cuando se debatía en el Senado el derecho al voto de las mujeres en Colombia, el senador Bernal Jiménez afirmó que: “No es que nosotros queramos negar otorgar derechos a la mujer; es que la naturaleza le impone su radio de acción y no se debe reaccionar, porque las leyes que se dictan contra estos imperativos fundamentales del sexo son antinaturales, contra natura, y la naturaleza no debe forzarse”.

A nuestro Senado no le pasan los años: el martes, ante la aprobación en primer debate del proyecto de ley que busca permitir el matrimonio igualitario en Colombia, el senador Édgar Espíndola usó el mismo argumento. Dijo que la homosexualidad era una tendencia de las Europas que nos quieren imponer, pues en esos países (que no especifica y que, de hecho, no existen) están aceptadas la zoofilia, la pedofilia y la necrofilia como si fueran otro gusto sexual más, comparable con la homosexualidad que, al igual que las filias citadas, “no es natural”.

Primero, no se pueden comparar la homosexualidad con la zoofilia o pedofilia por una sencilla razón: el sexo homosexual es consensuado, mientras que en la zoofilia y la pedofilia hay una persona, con más poder, que somete al otro a actos sexuales sin tener en cuenta sus derechos, deseos o necesidades y, por lo tanto, haciéndole daño. Reglamentar la pedofilia sería el equivalente a reglamentar la violación, no el matrimonio igualitario, pues, además, lo que pide la comunidad LGBTI no es que la dejen tener sexo sino que la dejen construir una familia en igualdad de condiciones que los heterosexuales. Queda claro que cuando Espíndola escucha la palabra “matrimonio” la reduce a “sexo” y olvida todos esos valores de la “sacrosanta institución” que tanto dice respetar.

Explica después Espíndola que lo “natural” es que haya un macho y una hembra, como si la complejidad de las relaciones humanas pudiera reducirse a un asunto de enchufar clavijas y tomacorrientes. Uno podría decirle entonces que se han documentado comportamientos homosexuales en otras especies de animales, pero ese argumento también parte de la base de igualar natural con bueno o deseable. Algo “natural” no es necesariamente bueno. La mantis religiosa mata y engulle al macho después del coito, algo natural que definitivamente no justificaría eximir a una viuda de los crímenes de asesinato y antropofagia. Las fobias (como la homofobia) también son naturales, y no por eso justifican negarle derechos fundamentales a los demás.

Uno podría decir también que la homosexualidad es natural a la especie humana y que si vamos a repudiar las cosas antinaturales es mejor emprenderla contra la cultura y la tecnología: computadores, celulares, internet, la rueda, el alfabeto, todos antinaturales; y no, pues en otras especies también hay técnica, lenguaje y política, ergo, las humanas, aunque más sofisticadas, también son algo natural.

Un argumento tan vacío no debería admitirse en una discusión en la que están en juego los derechos de los colombianos, ni puede justificar relegar al 15% de la población a ser ciudadanos de segunda categoría. Para mayor absurdo, la senadora Claudia Wilches dijo: “Esa iniciativa va en contra de lo que la naturaleza nos dicta teniendo como argumento un Estado laico”, llamando a su prejuicio una defensa de la secularidad. Es una vergüenza que ese tipo de exabruptos lógicos se escuchen en boca de senadores que claramente no están capacitados para descifrar la Carta que juraron defender en nombre de todos los ciudadanos. Y es que hace falta no entender la Constitución para estar en contra del matrimonio igualitario.

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