Por: Santiago Montenegro

Necesitamos acuerdos

Es cierto que la economía apenas crece al ritmo de la población; es cierto que el pesimismo cunde entre los ciudadanos, los empresarios, entre jóvenes y viejos; es cierto que la clase política y los partidos tienen bajísimos niveles de aprobación; es cierto que el área sembrada de coca retornó a los niveles que tenía en el año 2000; es cierto que se hacen referendos para prohibir la minería legal, pero nadie los convoca contra la minería ilegal; es cierto que en la vecina Venezuela un gobierno de canallas implantó una dictadura corrupta, que acoge a delincuentes, narcotraficantes y a grupos violentos colombianos; es cierto que en varias partes del mundo proliferan partidos y movimientos políticos populistas, racistas y xenófobos, algunos ya gobernando y otros aspirando a gobernar; es cierto que el consenso socialdemócrata, que construyó el Estado de bienestar después de la II Guerra Mundial, parece haber entrado en una profunda crisis. Es cierto que a las anteriores razones les podríamos agregar muchas otras que nos hacen ver un futuro de sombras y problemas.

Pero hay razones para ver también el futuro con optimismo, especialmente si partimos de diagnósticos adecuados.

Hay razones para el optimismo si se comprende que necesitamos continuar fortaleciendo el Estado para que tenga el pleno monopolio de la fuerza legítima, la justicia y la tributación; hay razones para el optimismo si entendemos que el crecimiento a tasas altas y sostenibles se basa en la confianza a la inversión nacional y extranjera; hay razones para el optimismo si se entiende que las finanzas públicas pueden fortalecerse, sin necesidad de incrementar los impuestos, atacando la enorme informalidad laboral y empresarial; hay razones para el optimismo si se acepta que, con las modernas tecnologías, es posible acabar la corrupción eliminando las asimetrías de información sobre los recursos públicos entre gobernantes y gobernados; hay razones para el optimismo si nos olvidamos de las soluciones maximalistas a la justicia, que buscan una utópica perfección, y las reemplazamos por un programa pragmático que comience ajustando procedimientos, como los de elección de los magistrados.

Pero las razones para el optimismo son aún más profundas porque se basan en el hecho irrefutable de que la gran mayoría de los colombianos son honestos y trabajadores, incluyendo a la mayoría de los funcionarios públicos, empresarios, académicos y docentes; hay razones para el optimismo si tenemos en cuenta que, en todos los partidos y movimientos políticos, hay mucha gente decente, que quiere trabajar por el país con desprendimiento y pasión. Hay razones para el optimismo si, mirando hacia el pasado, recordamos que, pese a todos sus defectos, contamos con un ordenamiento político que, desde los albores de la república, nos dio como gobernantes a civiles, que fueron elegidos en procesos electorales y que han hecho un uso limitado del poder.

Hay razones para el optimismo si comprendemos que, de nuestra historia y de nuestra geografía, emergió un país descentralizado, de regiones fuertes, que, al tiempo que impidió por mucho tiempo contar con un Estado más fuerte y eficiente, nos dio también un apego casi obsesivo por la libertad y rechazo a la tiranía, la autocracia y el populismo.

Hay, entonces, muchas razones para creer en un futuro más próspero, pero necesitamos unos acuerdos básicos en diagnósticos y soluciones a nuestros mayores problemas, entre todos los que queremos un país más democrático, plural e incluyente.

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