Por: Elisabeth Ungar Bleier

Necesitamos más y mejor política

No es mucho lo que se puede agregar a las innumerables opiniones que hemos leído y escuchado sobre los resultados del plebiscito.

Sin embargo, quiero referirme a una en especial, quizás una de las más conmovedoras e ilustrativas. Son las de un conductor de una familia que vive en el mismo edificio que yo, a quien en los días previos había tenido la oportunidad de escucharle sus argumentos a favor del No, y quien de manera muy respetuosa había escuchado los míos en favor del Sí.  Con una expresión de tristeza en su rostro, al reencontrarnos dos días después de la elección me dijo más o menos lo siguiente: “estoy muy arrepentido, no solo por mi voto, sino porque convencí a toda mi familia de que votara No. Cuando vi a las víctimas llorando por el resultado y me di cuenta que los promotores del No no tenían propuestas concretas, entendí que me había equivocado.  Nosotros, que no hemos sufrido en carne propia la violencia, contribuimos a cerrarle las puertas a la paz y a negarles ese derecho”.

Me atrevo a decir que lo que este hombre estaba sintiendo era una profunda desilusión por no haber medido las consecuencias de su decisión y por haberse dejado llevar por los protagonismos y las veleidades personales de unos cuantos dirigentes e incluso de sus guías espirituales. Eran las palabras honestas de un ciudadano que votó convencido de que estaba haciendo lo correcto. Un ciudadano que tomó la decisión de votar, contrario a lo que hizo cerca del 60% de los colombianos que se abstuvieron, y que al hacerlo perdieron la valiosa oportunidad de expresarse, de participar, de ser escuchados y de sentirse parte de un momento histórico.

El voto es un derecho que debe ser respetado y protegido por todos, pero en especial por las autoridades y por quienes tienen responsabilidades resultantes de su liderazgo social, político, económico o religioso. En cuanto a las primeras, los observadores nacionales e internacionales constataron que esto se cumplió, señalando incluso que fueron las elecciones más tranquilas de los últimos años. No puede decirse lo mismo de algunos promotores del No ni de algunas iglesias, como se ha confirmado recientemente.

Votar también es un deber que nos obliga a asumir nuestras responsabilidades para incidir en el destino de nuestro país, sobre todo cuando se trata de la decisión política más importante para las actuales y futuras generaciones. Votar de manera informada, saber por qué y para qué se vota, es fundamental para ejercer el derecho al voto. También lo es para abstenerse, si esto se hace a conciencia. Por eso, inducir con imprecisiones y mentiras a los ciudadanos a votar, es violar ese derecho.

La abstención en el plebiscito del 2 de octubre es una clara demostración de lo que alguien llamaba un déficit de política. Y constata que, contrario a lo que suele pensarse, lo que nos falta es más y mejor política: una política que no se limite a los partidos y a los políticos, una política que tome en cuenta las opiniones y las necesidades de los ciudadanos, que los consulte y los escuche, que les garantice los espacios y los mecanismos para que su incidencia sea efectiva.

* Las opiniones expresadas en esta columna son personales y no comprometen a Transparencia por Colombia.

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