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Andrés Hoyos 20 Nov 2012 - 11:00 pm

Nicaragua

Andrés Hoyos

Nadie sabe para quién trabaja, dice el vulgo, y mucho menos lo sabe la Corte Internacional de Justicia de La Haya que, al pegarle tremendo tarascazo al mar territorial de Colombia en el Caribe, le acaba de regalar de carambola un par de reelecciones más a Daniel Ortega en Nicaragua.

Por: Andrés Hoyos

Daniel Ortega no es un mandatario cualquiera: es un abusador de menores comprobado. Piénsese en la siguiente escena: entra alias Enrique, un comandante guerrillero armado hasta los dientes, con cara de zarigüeya y con una cabeza que ya empieza a mostrar entradas como de mar territorial. Enrique pone entre ojos a Zoilamérica, una niña de 11 años, hija de su ambiciosa mujer, y abusa de ella. No sucede lo obvio —en la Nicaragua de fines de los setenta lo obvio no lo era— y la mujer, una mala poeta, se abstiene de denunciar al violador y mucho menos pretende que vaya a la cárcel. Está intoxicada con una de las drogas más peligrosas que existen: el poder, de modo que la niña violada se ve obligada a seguir con su vida sola, sin ayuda de su madre. Precavido con una patente de corso de semejante calibre, pues la expide implícitamente la madre, el hombre sigue abusando de la niña y violándola hasta que ella cumple 18 años. La madre, antes que reprenderlo, dice cuando por fin se revela el escándalo: “Me ha avergonzado que fuera mi propia hija la que por obsesión y enamoramiento enfermizo con el poder quisiera destruir a Daniel cuando no vio satisfecha su ambición y desvaríos enfermizos”. O sea que Zoilamérica de Narváez se violó a sí misma. Ortega, por si acaso, no ha pagado ni un segundo de cárcel por este crimen atroz ni ha querido enfrentarse a un juez: tan sólo se escudó en la inmunidad parlamentaria y luego en la prescripción, porque la violación reiterada de menores prescribe con facilidad en Nicaragua. Eso sí, Rosario Murillo, su esperpento de mujer, ha cobrado caro por su ceguera pues, según todo el mundo, es el poder detrás del poder.

Esta parejita de misioneros franciscanos es la que acaba de recibir el inesperado regalo de la Corte Internacional de La Haya. Me dirán que nada de lo anterior hacía parte del litigio territorial en disputa y debo concordar. Colombia fue víctima de la ingenuidad de sus “internacionalistas” provincianos, aunque quizá la situación de nuestro país en esa parte del Caribe era insostenible a la larga. Sí quisiera recordar que la fanfarria que va a hacer de las suyas en el devastado país centroamericano no será esta vez tampoco un espectáculo edificante. Ya decía Samuel Johnson que el patriotismo es el último refugio del canalla, a lo que Ambrose Bierce le respondió que no es el último, sino el primero.

Tampoco está resultando edificante la herida patriótica que se ha abierto en la parte perdedora. Entiendo las protestas y el dolor de los raizales de San Andrés, que ahora van a tener que pedirle permiso al impresentable Ortega para ir a pescar a sus sitios habituales, pero el resto del país se ha puesto a llorar por algo de lo que nunca se ocupó, como nunca nos ocupamos de Panamá en su momento. Si el tarascazo sirve para que por fin velemos por la totalidad del país y no nada más por ciertos barrios de Bogotá y Medellín, el descalabro tendrá al menos ese aspecto positivo. Pero quién sabe si una vez disipada la efervescencia se den pasos concretos. Somos, recordémoslo, el país que no les escribe cartas a sus coroneles.

 

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