Por: Alfredo Molano Bravo

Niños en la guerra

ES INOLVIDABLE -Y NO PRECISAmente por grata- la imagen del entonces ministro de Defensa, Fernando Botero Zea, con su hijito de 4 o 5 años disfrazado de lancero, es decir, con uniforme camuflado del Ejército Nacional. Es natural que los niños jueguen a ser soldados, piratas, médicos, bomberos, policías y ladrones; que tengan soldaditos de plomo y tanquecitos y avioncitos de guerra. Pero de ahí a fomentar el espíritu bélico en la niñez hay una gran diferencia.

El Ejército Nacional tiene una institución infantil llamada Club Lancita. Lancita es el diminutivo de lanza, que es un arma de guerra feroz muy celebrada en la historia patria. Los lanceros eran el cuerpo élite de los ejércitos libertadores. Las cargas de lanceros en el Pantano de Vargas y Junín fueron temibles. En los años 60, a instancias de la Misión Técnica de EE.UU. se creó en Tolemaida la Escuela de Lanceros, especializada en lucha contraguerrillera. Las proezas de los lanceros son proverbiales. El Club Lancita —dice la propaganda oficial— “busca brindar a niños entre los 5 y los 16 años lugares de entretenimiento sin contenidos violentos discriminatorios o de doble sentido”. Sobraría decir que el uso de uniformes camuflados es de buen recibo. ¿La identificación de un niño con un lancero —un guerrero que mata— no es acaso un hecho de por sí violento? En muchas regiones existen estas instituciones y otras similares como la Policía Cívica Juvenil.

Hace poco la Defensoría del Pueblo consideró un hecho grave la organización de estos cuerpos en Vistahermosa —pueblo de La Macarena, corazón de la guerra— por incurrir en “abierta contravención” con la Ley de la Infancia y Adolescencia (Ley 1098 de 2006, artículo 41, numerales 24 y 29), que dice que es una obligación del Estado abstenerse de utilizar niños “en actividades militares, operaciones psicológicas, campañas cívico-militares y similares” y recuerda que es principio del Derecho Internacional Humanitario distinguir en todo momento entre civiles y combatientes. No necesita mayor demostración el hecho de que los lanceritos están expuestos a ser blancos de actores armados. La respuesta del Alcalde es una clásica babosada: el Club Lancita “es el lugar donde los niños de Colombia y de habla hispana…se entretienen de manera sana”. Hasta le suena la corneta.

Naciones Unidas ha denunciado en forma reiterada que las Fuerzas Armadas de Colombia “siguen utilizando niños en actividades cívico-militares”. En Meta el Ejército —agrega el informe— se llevaba en 2009 niños de las escuelas a instalaciones militares para “pasear en helicóptero y proporcionarles alimentos”. Más aún: “Las Fuerzas Militares realizaron actividades cívico-militares con participación de niños en los departamentos de Antioquia, Cauca y Chocó”.

Las escuelas oficiales suelen ser ocupadas por patrullas de las Fuerzas Armadas por considerarlas bienes públicos. La escuela se convierte en un lugar no sólo para descansar, sino para protegerse, vale decir, son usadas de hecho como trincheras. “En ocasiones las escuelas son atacadas por grupos armados ilegales como represalia por haber sido ocupadas por las Fuerzas Militares”. No es excepcional que los soldaditos olviden granadas y bombas que se conviertan en trampas mortíferas para los niños.

No me refiero aquí a las barbaridades que las guerrillas y los paramilitares cometen contra la población civil y a la repugnante y criminal práctica del reclutamiento de niñas y niños a sus filas —que condeno, por supuesto— porque, según la política aún en boga, no es dable equiparar una conducta con la otra, salvo que se busque el reconocimiento de esas fuerzas como actores beligerantes.

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