Por: Antonio Casale

Niños malos

"No sé la clave del éxito, pero la clave del fracaso es tratar de agradarle a todo el mundo", Bill Cosby.

Cristiano Ronaldo, Balotelli, Tévez, Mourinho, Rooney, Ibrahimovic y, en nuestro medio, Teófilo Gutiérrez, son algunos de los niños malos del fútbol. A pesar de sus virtudes y logros, el grueso del público los descalifica, los trata peor que a los delincuentes y los juzga como si todos los humanos fuéramos enteramente correctos como la imagen que proyectan los angelitos del Barcelona. Su pecado es que no intentan agradarle a todo el mundo.

No es que las actitudes políticamente correctas de Guardiola y su séquito estén mal. Por el contrario, es innegable que ellos y tantos otros deportistas que siempre tienen la palabra justa para nunca quedar mal con nadie enaltecen la escala de valores del deporte. Pero no me creo el cuento de que no tienen sombras. Al fin y al cabo son humanos.

Pero el hecho de ser frenteros, auténticos y valientes, también tiene su virtud y es ejemplarizante.

Además, estos genios nos brindan magia cuando saltan a la cancha, son todo lo que los amantes del fútbol quisimos ser y nunca pudimos, por troncos, por falta de visión. Pero ellos convierten en acciones reales nuestras fantasías de infancia. Representan al niño travieso que fuimos.

Si Cristiano no fuera vanidoso, no nos regalaría su elegancia con el balón. Si Higuita no fuera irresponsable, nunca habría hecho el escorpión. Si Balotelli no fuera rebelde, no rompería esquemas. Si Tévez fuera un tipo conforme con la vida, no sería la solución del City. Si Rooney no hubiera sido borracho y peleador, no le metería miedo a los rivales. Si Mourinho no fuera terco y arrogante, no hubiera conseguido títulos.

Tal vez los equivocados somos nosotros, que creemos que porque los hinchas están primero pueden comportarse como quieran, o que porque los periodistas podemos decir lo que queramos nos convertimos en jueces de la moral, sin mirarnos primero.

La manera como nos expresamos sobre los demás es el reflejo del estado de nuestra propia alma. La sociedad parece necesitar una autoevaluación profunda, desde lo individual hasta lo colectivo, pero a los niños malos del fútbol hay que entenderlos, disfrutarlos, valorarlos.

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