Por: Juan Gabriel Vásquez

No es por aguar la fiesta

Nací en 1973: siete años después de la Segunda Conferencia del Bloque Sur, once después del comienzo del plan LASO, doce después de que Álvaro Gómez hablara de la "República de Marquetalia".

 Para decirlo en otras palabras: no sé —y no sabe mi generación— lo que es un país en paz. Son casi cuarenta años de una guerra que ha bajado por momentos a los fondos más infames de la crueldad y la sevicia; ha distorsionado sin remedio la percepción de los colombianos, su idea de lo que se debe y no se debe tolerar en una sociedad, su visión del otro. Esta guerra de más de cuatro décadas se las ha arreglado para sacar lo peor de nosotros, incluida nuestra formidable capacidad para el autoengaño. Son más de cuatro décadas de mentirnos a nosotros mismos: sobre las causas de la violencia, sobre las responsabilidades de quienes la ejercen, sobre las razones por las que la violencia sigue viva, sobre lo que quiere la guerrilla y lo que busca, sobre lo que se puede hacer para conseguirlo, sobre lo que puede hacer el Estado para defenderse. En tantos años se dicen muchas mentiras, y eso al final pasa factura. Y eso es lo que creo que va a pasar en Cuba: la Historia nos va a cobrar más de cuatro décadas de mentiras.

Una de las mentiras más grandes, por supuesto, es que la paz de verdad sea una posibilidad real. No lo es: puede ser posible un tratado de paz, pero eso es otra cosa. Para que haya paz —qué desgastada está la palabrita: uno la escribe y de inmediato siente que está diciendo mentiras, que está embaucando a alguien— se necesita que desaparezcan dos condiciones objetivas que alimentan la guerra y cuya mención ya es un gran lugar común: el narcotráfico y la desigualdad. Y yo no veo que ninguna de las dos tenga muchas ganas de irse a ningún lado. Por una parte, el índice Gini —el coeficiente que mide la desigualdad— bajó por primera vez en décadas (buena noticia), pero bajó a 54,8 (y eso sigue siendo pésima noticia). Por la otra, el tráfico de drogas seguirá mientras siga peleándose (es un decir) esa otra guerra que también existe desde antes de que naciera yo, y que tampoco me ha dejado conocer una realidad distinta: esa guerra que, al contrario de aquella cuyo fin se negocia en Oslo, no nos llega desde adentro, sino desde afuera: desde la prohibición que han impuesto históricamente los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos, presos o rehenes de la hipocresía, el puritanismo, los votos, los dineros negros que sostienen sectores enteros de su economía y el chantaje sin solución de varios lobbies poderosos, incluido el de las armas.

Así que no: no es posible una paz de verdad. Pero si hay alguna razón para el optimismo, es que el mismo presidente que negociará esta paz ha sido el único mandatario en activo que se ha atrevido a poner sobre la mesa el espinoso asunto de la legalización. Y no tengo que demostrar, supongo, los incontables y perniciosos vínculos subterráneos que unen a la mesa en Oslo con la otra mesa, todavía virtual, de la legalización. La prueba es que las dos cosas —la negociación de una paz con esta guerrilla descarriada y pervertida y la legalización de la droga como única manera de reducir la violencia que nos corroe— son constantemente saboteadas por los mismos personajes. Y tampoco ellos tienen pinta de querer irse a ningún lado.

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