Por: Eduardo Barajas Sandoval

No basta con resistir

Desde la cumbre de su experiencia, un anciano de noventa y tres años hizo un llamado a la inconformidad frente a la asfixia de un mundo que pretende moldear a los jóvenes como si fueran un producto industrial.

Cuando terminaba el año 2010, un pequeño libro, un panfleto más bien, corto en páginas y que no costaba más de tres Euros, se convirtió en la publicación más vendida de la temporada en París. Indignez-vous, rezaba el título de la pequeña obra, firmada por Stéphane Hessel, un héroe de la resistencia, nacido alemán, naturalizado en Francia justo antes de la Segunda Guerra Mundial, sobreviviente de un campo de concentración, diplomático, y uno de los promotores de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

El texto desató pasiones en cuanto denunciaba el rumbo que el mundo va tomando hacia nuevas formas de discriminación y el cierre de las oportunidades de realización de la libertad para los jóvenes, particularmente en los países industrializados. Era un llamado a la búsqueda de razones para indignarse. Las razones existen, decía; basta con buscar un poco para encontrarlas, porque estamos llenos de cosas insoportables, frente a las que hay que reaccionar. Y frente a ellas, subrayaba Hessel, la peor actitud es la indiferencia.

El nazismo, recordaba, fue en su momento el motivo de su propia indignación. Pero ahora, por todas partes, aparecen hechos que denotan el desprecio del hombre por el hombre, frente a los cuales hay que reaccionar. Y mencionaba todas las discriminaciones de las que pueden ser víctimas grupos de personas en uno u otro lugar, se trate de inmigrantes, indocumentados, pobres, o miembros de comunidades a las que se mantiene en la marginalidad.

La parte más controversial de su discurso se refería a lo que llamó “la dictadura internacional de los mercados”, que a su entender amenaza no solo la paz sino la realización verdadera de la democracia, porque aumenta la brecha entre minorías poderosas y mayorías abandonadas a su suerte, como si no se hubiesen aprendido las lecciones del pasado y como si se hubiera olvidado la primacía del interés general, para entronizar más bien las ficciones propias de la manipulación de figuras financieras, con un desprecio intencional hacia la importancia del trabajo.

Convencido del peso y del futuro de la no-violencia como herramienta para tramitar la inconformidad, en lugar de caer en el desespero que lleva a la violencia y el terrorismo, el anciano promotor de la indignación estimaba que la primera década del Siglo XXI se caracterizó por un retroceso inquietante luego de la promisoria etapa de los últimos años del Siglo XX, que consolidaron la descolonización, el fin del apartheid y la caída del muro de Berlín.

Quienes crean que tienen la obligación de pensar en el mundo de las próximas décadas, y de ejercer en cualquier proporción acciones de liderazgo, podrían encontrar en los mensajes de Hessel elementos de utilidad, que salen del ejercicio de una juventud de más de nueve décadas. Si son capaces de identificar en su propio entorno motivos de indignación, porque ante sus ojos se ofenden los principios elementales de los derechos humanos, la democracia y la libertad, tienen la obligación de comprometerse en las acciones necesarias para que la sociedad no derive hacia el abismo que significa el abandono de esos principios.

Es preciso contribuir a que el río de la historia fluya por el mejor cauce en las circunstancias propias de cada sociedad. Pero el coraje necesario para manejar el rumbo de la corriente no se debe malgastar en esfuerzos de destrucción. La mejor contribución posible ha de ser la que se hace desde la conciencia, el conocimiento y una vocación implacable de justicia y de servicio. Como lo dejó dicho el propio Hessel, que murió la semana pasada cuando se acercaba a un siglo de experiencia: no basta con indignarse y resistir, es necesario crear.

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