Por: Juan David Zuloaga D.

No hay "sistema"

No sé ustedes, pero estoy cansado de la cara de condescendencia, presunción y desprecio con la que el empleado, detrás del mostrador, anuncia, sin atisbo de vergüenza, una vez de cada dos, “discúlpeme, señor, pero no hay sistema”.

Lo del “sistema” no se sabe muy bien lo que sea. Parece una abstracción difusa como la de los “mercados”, una idea ininteligible e incognoscible como Dios o una realidad inalcanzable, impenetrable como el castillo que narró Kafka. Pero en verdad se trata del fácil comodín que encontraron bancos, empresas, organizaciones, gobiernos, estados —y aquí no hay excepción— para excusar su ineficacia y su incompetencia.

No importa qué tan sencilla sea la petición, porque si tiene uno la mala fortuna de toparse con la desidia de un burócrata o la animadversión de un empleado, la unánime respuesta será: “Discúlpeme, señor, pero no hay sistema”.

No cabe duda, se trata de un burdo e indecoroso emblema de las instituciones de hogaño, cómodo escudo que defiende frente al fracaso y evita que alguien —jefes, empleados, directivas; ¡alguno!— asuma responsabilidades. Es esta, sin duda, una de las más graves enfermedades de nuestro tiempo (y aquí no sólo hablo del “sistema”, sino de la responsabilidad).

No importa qué tan simple sea la tarea, el requerimiento; si te dicen, amable lector, que no hay “sistema”, no insistas. Sí, es muy asombrosa la humanidad: hemos construido las pirámides, le hemos robado tierra al enfurecido mar, hemos desviado los cursos de ríos caudalosos, hemos domeñado fuerzas de la naturaleza que causaban el más horroroso espanto, hemos conquistado el espacio y hemos ido a la Luna, pero “créame, no es posible, no es culpa mía; eso no me lo deja hacer el sistema” o también vale, “se me cayó el sistema; y no sé cuándo regresa” o, claro, ya la adivinó el lector, “discúlpeme, señor, pero no hay sistema”.

Y cuando eso ocurre, se acuerda uno de esos tiempos de antaño en los que no había “sistema” y sin embargo había vida y había una persona tras el mostrador y no un autómata; un empleado, cuyo oficio era atender las peticiones, llevar los registros, anotar las suscripciones y, sobre todo, hacer el esfuerzo. Hacer siempre su mejor esfuerzo por atender a quien venía a solicitar su ayuda o a servirse de su saber y de su oficio. Sí, se acuerda uno de esos tiempos, más simples y, a su manera, más felices. Unos tiempos, en todo caso, más humanos, porque había trato y relación en vez de “sistema”.

Pues antes, amigos míos, antes había mundo, diligencia, afán, ingenio; ahora, “sistema”. Y así nos va. Es claro que no puede reversarse lo del “sistema”, pues es unánime y ha terminado por imponerse. Y de modo tal, además, que se volvió imprescindible. Puesto que no puede desecharse, tratemos de humanizarlo. Mientras tanto, valga esta crítica y este lamento, porque tengo para mí que el que inventó el “sistema” es un perfecto imbécil o un completo hijo de puta.

 

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