Por: Mauricio Rubio

No llores por Tanja, Colombia

Las FARC anotaron un golazo, que estaba cantado, al darle protagonismo en Cuba a Tanja Nijimeijer, la holandesa que sirve de enlace con la prensa internacional.

Reavivando la nostalgia de los barbudos de Sierra Maestra, están pasteurizando ante el mundo su imagen. En lo que no acertó la holandesa fue en el alias de Alexandra, que no inspira mucho. Bastaba con dejar la versión en español de su nombre, Tania, para una verdadera moñona: la profesora-guitarrista sensible, rebelde y altruísta evocando también una espía y compañera del Che Guevara.

Lo más insólito de este nuevo ícono del conflicto es que encarna la antítesis de las combatientes colombianas de hoy. Es más una réplica caduca de las rebeldes universitarias seducidas por el M-19.

Mientras Tanja se vinculó motu propio a las Farc ya graduada de universidad y fogueda en acciones políticas, las niñas campesinas lo hicieron, a veces forzadas o engañadas, abandonando la escuela.

La triste separación inicial entre la rebelde holandesa y su familia -sin trazas de maltrato o abuso- fue para instalarse en una ciudad universitaria. Años después, las FARC permitieron que su madre la visitara en la guerrilla, una prerrogativa realmente excepcional. Un porcentaje no despreciable de las combatientes representadas por Tanja se refugiaron en la guerrilla huyendo de parientes que las violentaban.

La mayoría de las guerrilleras fueron reclutadas vírgenes para satisfacer sexualmente a comandantes mucho mayores. La holandesa pudo rechazar superiores y escoger un guerrillerito imberbe para iniciarlo en las artes amatorias.

Tanja ingresó a las FARC sin saber manejar un arma, y sus primeras dosis fuertes de adrenalina las tuvo poniendo explosivos con milicias urbanas. Muchas de las insurgentes aprendieron a usar un fusil antes de vincularse, en un polígono campestre entre juego y coqueteo con un instructor de la misma guerrilla.

El abismo que separa la ardua vida de las jóvenes farianas de tan romántica y excitante trayectoria aumentará en el postconflicto. Para las primeras las perspectivas pintan precarias, aún más que para sus compañeros. Todos los testimonios disponibles indican que afectiva y sexualmente las mujeres salen mucho más perjudicadas de las organizaciones armadas que los hombres. Las razones son tan simples como ancestrales: no es lo mismo ser violada que violar, no es lo mismo quedar embarazada que embarazar una compañera, no es lo mismo abortar forzadamente que ni siquiera enterarse de un retraso y no es lo mismo tener prohibido construír una familia que poder hacerlo, aún activo dentro del grupo, como lo logra una fracción importante de los hombres combatientes.

Los datos de la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz muestran que entre los varones reinsertados dos de cada tres logran conformar una pareja con una persona ajena al grupo armado. Para las mujeres, tan sólo una de cada tres tiene esa posibilidad. Lo más preocupante es que no se conocen esquemas adecuados de reinserción que, además de un empleo, dependerán de reparar vínculos familiares y reinventar las relaciones de pareja.

Para Tanja Superstar el futuro luce glorioso. Menos bala pero no menos acción: política, mundo, sobre oferta de admiradores cultos, entrevistas, biografías, películas. Ella lo presiente. Por algo en un mensaje a su familia canta fungiendo de Evita, la amante del pueblo, de los descamisados.

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