Por: Daniel García-Peña

No robarás

La condena en primera instancia a nueve años y medio de cárcel a Luiz Inácio Lula da Silva por corrupción pasiva y lavado de dinero me golpeó fuertemente. Su triunfo electoral en 2002 fue para mí una gran fuente de inspiración al indicar un camino para la izquierda democrática más moderado y menos polarizado que el que había iniciado Chávez unos años antes. Tuve el privilegio de conocerlo y percibir su carisma de primera mano. Por ello, verlo envuelto en asuntos de corrupción duele aún más.

La corrupción es inaceptable desde cualquier orilla ideológica o color político, pero estoy convencido de que es muchísimo más grave cuando proviene de la izquierda. Es absolutamente imperdonable que quienes abrogan por el cambio de la sociedad, por los derechos de los pobres y la defensa de los excluidos conviertan el ejercicio de la política en la apropiación personal de lo público. No sólo deslegitiman la autoridad institucional, sino que corroen la credibilidad de la transformación democrática.

Lastimosamente la corrupción es un mal generalizado en América Latina. Desde la Venezuela bolivariana, pasando por la Argentina de los Kirchner o Humala en el Perú, las izquierdas han perdido la confianza de los ciudadanos y sufrido fracasos electorales debido a los cuestionamientos de corrupción. En Colombia, la complacencia del sector oficialista con el carrusel de la contratación del Gobierno de Samuel Moreno y el señalamiento como agentes de la derecha a quienes lo denunciábamos fue la estocada final a ese proyecto de esperanza y unidad que fue el Polo Democrático en sus inicios.

La crisis de la izquierda en América Latina no se reduce a la corrupción. Le oí a un amigo decir que lo primero que había hecho la izquierda al llegar al poder fue expropiarle el programa a la derecha. Si bien hubo importantes avances en la reducción de la pobreza extrema y millones ingresaron a la clase media, poco se hizo para reducir la desigualdad o transformar el modelo de desarrollo. Las economías se recostaron sobre la extracción de petróleo y gas natural, reproduciendo el desarrollismo más avallasador de la naturaleza. Es bastante diciente que lo que tiene enredado a Lula hayan sido los negocios de Petrobras.

Las izquierdas están de capa caída en casi todas partes. Estamos tan mal a nivel mundial que nos alegramos con Macron, la Merkel y el papa. Estos momentos de crisis son tiempos para repensar la izquierda, reconocer verdades y hacerse cuestionamientos de fondo. Decir que se está trabajando por la igualdad no es suficiente ni creíble, especialmente si no se es capaz de conectarse con las necesidades y preocupaciones de la gente común y corriente. Afortunadamente los Bernie Sanders, los Jeremy Corbyns y los Pablo Iglesias del mundo nos enseñan que sí hay alternativas.                                                   

Lula afirma que no es culpable, que se trata de persecución política y que apelará la condena. Ojalá su inocencia quede demostrada. La corrupción brasilera es tan rampante que Temer, quien dio el golpe a Dilma, está tambaleando por corrupto. Pese a las acusaciones, Lula sigue siendo el político más popular de Brasil y lidera la intención de voto para las elecciones del próximo año.

Lo cierto es que quienes somos de izquierda estamos en la urgente obligación de elevar la ética a un lugar central de la política, por encima de cualquier consideración ideológica. La “restauración moral y democrática” de la cual hablaba Gaitán en los años 40 es hoy más apremiante que nunca. No existe contradicción alguna entre la lucha contra la corrupción y la construcción de la justicia social. Por lo contrario, se necesitan mutuamente.

danielgarciapena@hotmail.com

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