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Rodrigo Lara 9 Jul 2013 - 11:00 pm

No es tiempo de revoluciones, pero sí de protesta social

Rodrigo Lara

Las protestas que paralizaron al Brasil pueden ocurrir en nuestro país en cualquier momento.

Por: Rodrigo Lara
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Inclusive, creo que Colombia evitó, in extremis, un fenómeno similar hace cerca de dos años, cuando miles de estudiantes salieron a protestar contra el proyecto de reforma de la educación superior, finalmente retirado por el Gobierno ante la presión de los manifestantes.

Si recordamos un poco lo sucedido, los miles de estudiantes que se tomaron las calles de las principales ciudades lo hicieron inicialmente para protestar contra un proyecto de reforma de la educación superior. Sin embargo, si bien la chispa que disparó la protesta fue el proyecto de reforma, las marchas pronto se tornaron en un grito masivo contra la mala calidad de la educación y contra la desigualdad entre la enseñanza pública y la privada.

Marcharon miles de jóvenes sin filiación política definida y que nunca en sus vidas habían protestado en las calles. Las marchas expresaron el profundo desasosiego de las nuevas generaciones con la mala calidad de la educación pública y la indolencia de un establecimiento político ensimismado.

Los jóvenes marcharon desesperados por la ausencia de canales institucionales que presten atención real a su situación. Al fin y al cabo, el establecimiento político, de derecha como de izquierda, no es sensible con una situación que no afecta a sus hijos que estudian en colegios y universidades privadas. Inclusive, los congresistas de izquierda que representan a los maestros parecieran preocuparse más por las conquistas sindicales de los profesores que por la calidad de la educación.

Si el gobierno Santos no hubiera retirado el proyecto de reforma, posiblemente el movimiento de protesta hubiera adquirido una dimensión mayor. Si el Gobierno hubiera empleado la fuerza, como lo hicieron torpemente en Brasil al inicio de las marchas, es posible que la indignación hubiera contagiado a otros sectores de la población.

Las democracias se consolidan con el surgimiento de las clases medias, y es en ellas en donde se abriga la esperanza de un cambio en las condiciones de desigualdad de una sociedad. Son las clases medias, no las élites de siempre, las que tienen la capacidad de transformar a una sociedad, de exigir calidad de la educación pública para todos y una redistribución de las oportunidades.

Las revoluciones nacen de las clases medias, no de las más pobres. Corresponde al establecimiento entender la nueva realidad de unos ciudadanos emancipados y más dignos que no están dispuestos a tolerar lo que sus padres aceptaban con resignación.

No estamos en una época de tormentas ideológicas. Sin embargo, recordemos que el surgimiento de los grupos subversivos urbanos fue paralelo a los patentes progresos sociales del Frente Nacional de los años setenta. Fue en esos años de emancipación que se consolidó el M-19, un grupo guerrillero de cuadros formados en las universidades. No estamos en tiempos de grandes revoluciones debido a la ausencia contemporánea de alternativas ideológicas, pero lo que sí está claro después de las protestas que sacudieron al mundo es que el inconformismo social es consustancial a la desigualdad.

  • Rodrigo Lara | Elespectador.com

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