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Columnista invitado 12 Abr 2013 - 11:00 pm

Lo que nos pertenece

Columnista invitado

No existen momentos oportunos con la muerte. Llega sin piedad y nunca escucha. Sorda, ciega y displicente, anda al acecho. Merodea, cerca y arrebata. Somos sus presas. Antes y después, en la mañana, la tarde o mañana.

Por: Columnista invitado

Se presiente, se intuye y aparece con tanto estruendo que nosotros, mudos, la negamos.

Obvio que la muerte existe. Está viva, camina y nos acompaña como si fuera la más fiel compañera. Única y paciente, observa. Dicen que sonríe y burla nuestra inteligencia. Sabe que ella tendrá su turno. Mira de reojo. Enemiga, odiada e invocada. A veces, es el alivio.

Sabe de presencias y de memorias. Nos la inventamos aguerrida, flaca, esquelética y llena de frío, como cuando es dictadora en holocaustos. Excéntrica, también tiene colores y reconoce los buenos bailes. Anda con su guadaña haciendo el oficio. Llama, atrae y nos evidencia. Sucede cuando sucede. Inexplicable, obvia y atroz. La muerte se aviva con los idiotas que se inflan de poderes y se agarra del más débil. Hay quienes matan. Y ahí es el absurdo.

La muerte se lleva casi todo. Los sonidos, los espacios, la lógica. Se lleva lo que más queremos o lo que no sabíamos que existía. Es odiosa. Arranca la vitalidad y la pasión y devuelve el dolor, mezclado con culpa y rabia.

Y a la vez, en medio de la confusión y la contradicción, ¿quién puede negar su sabiduría? Aun incomprensible puede ser maestra íntegra y abrir las puertas de la reconciliación, de la esencia, de lo básico. Es el volver a lo primigenio. Centra, indica el camino y pone el foco en lo fundamental. Es la encrucijada y la opción de un adelante sereno, cierto y dulce. Como aliada de la vida, es su servidora.

La muerte, ávida de ausencias, nunca podrá llevarse lo que es de la vida, lo que a ésta le pertenece, lo que es nuestro. A cada reino lo suyo. Puede llevarse los huesitos o los instantes, puede apropiarse de los grandes y los pequeños o de los propios y los ajenos. Puede desgarrar el aliento y la alegría, pero nunca podrá llevarse eso que siempre seremos, eso que gritamos y lloramos y pataleamos y que le reclamamos a ella como propio. Lo que nunca podrá llevarse la muerte es eso por lo que nos entregamos en vida: el amor más grande o el amor de ahora o el amor de hoy o el amor simple. Lo que nunca podrá llevarse la muerte es el amor infinito por los todos los muertitos que llevamos dentro.

  • Diana Castrp | Elespectador.com

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