Por: Daniel Pacheco

Que nos quiten más

Si algo, perder territorio en el pasado, sólo puede haber sido bueno para Colombia. ¿Qué tal que aún tuviéramos esa franja de Amazonia de la que en 1908 nos alivió Brasil? ¿O la del sur del río Putumayo, con la que se quedó Perú en 1932?

Este país lleva haciéndose añicos 200 años intentando integrar pedazos de su territorio al ámbito de su soberanía. Todavía no hemos podido con pedazos enclavados en el corazón del territorio —los farallones de Cali, el norte del Cauca, el noroeste de Antioquia, el Catatumbo, el sur del Tolima, etc.— como para estar alimentando una falsa nostalgia de lo que nunca se tuvo afuera de las fronteras que hoy todavía no son del todo nuestras.

Es tentador mirar un mapa e imaginar riquezas y posibilidades. Sentirse más poderoso que el de al lado. Más grande, más potente.

A propósito de esa sensación perdida, me topé con el libro Mares de Colombia: la acción diplomática que duplicó el territorio de Colombia, de Diego Uribe Vargas. Son más de 400 páginas de historia de tratados, teorías y cancilleres que han participado en la delimitación de las fronteras marinas del país. Da la impresión de que, a diferencia de lo que se dice hoy con “dolor de patria”, luego del fallo de la Corte de La Haya, desde hace décadas hay gente pensando en los mares y las fronteras.

Quién sabe. El tema está tan enmarañado con conceptos de expertos contratados, y opinadores no expertos apasionados, que es difícil encontrar un punto medio. Dicho sea de paso, con el corazón en la mano, eso parece ser lo que decidió la Corte. En El Pico, el lugar más alto de Old Providence (ya que andamos de amores con los raizales, así es que ellos conocen la isla), se ven las costas de Nicaragua. Colombia está metida en las narices de los nicas, antes y después del fallo.

Pero si dejamos las fantasías de Risk, de juego de tablero, ¿es descabellado pensar que Colombia sería un país menos problemático si Nariño y el Cauca fueran de Ecuador? Que Venezuela se quede con el Vichada. Y Brasil con el Guainía y Vaupés.

Sí, es descabellado. Va en contra del principio más básico de una nación. Implica, además, mucha malicia centralista, y un total desconocimiento de las múltiples identidades culturales que construyen lo colombiano. Pero si uno se deja llevar por esta fantasía, por el alivio de no contar con ese territorio insondable, indomable, rebelde y lejano, tal vez vuelva la cordura perdida por estos días que le indica, sobre a todo a los colombianos, que la abundancia de territorio es uno de los mayores enemigos de nuestra nación.

Pata: Tengo el remedio para la nostalgia de mar de quienes antes no tenían claro siquiera qué era lo que teníamos en el Caribe. Se puede echar una mirada a la frontera de aguas territoriales en el Pacífico. Malpelo es su consuelo para lo que era nuestro paralelo 82.

 

 

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