Por: Juan Gabriel Vásquez

Las novelas del 11 de septiembre

Una página de internet se ha dedicado a preguntarles a las celebridades (qué palabra detestable, es verdad, pero es imposible deshacerse de ella) dónde estaban el 11 de septiembre.

Entre las muchas declaraciones olvidables y aun bastante sosas, hay una que me interesó por todo lo que dice sin decirlo. “Sólo recuerdo estar pegado al televisor”, dice Matt Damon, “a pesar de que aquello ocurría justo en la puerta de mi casa”. Como muchos, Matt Damon quería que alguien le contara qué estaba sucediendo y lo más a mano era la televisión: CNN, BBC, incluso la FOX. Lo que le sucedió a Matt Damon les sucedió a miles en Nueva York: tenían la posibilidad de asomarse a la ventana para ver las torres incendiadas, pero necesitaban una narración, alguna forma de la narración, para darle un sentido a lo que visiblemente carecía de sentido, para interpretar los hechos desnudos, para tratar de comprender lo que, ya para ese momento, era incomprensible.

Han pasado diez años y seguimos sin entenderlo. En otras palabras, entendemos el mecanismo social y político que permitió o provocó los ataques, entendemos el modo en que operaron los terroristas y entendemos el papel que jugó la religión en sus acciones, entendemos la triste relación de causalidad que existe entre aquellos aviones que se estrellan contra el World Trade Center y los cientos de miles de muertos que se suman desde entonces en Irak y Afganistán y Madrid y Pakistán, en Londres y Bombay. Pero no hemos ido al fondo de lo sucedido, nadie ha contado todavía qué sucedía en las entrañas del monstruo: éste es el territorio de los novelistas y, si bien decenas de novelas sobre el 11 de septiembre se han publicado, ninguna ha regresado con la verdad sobre esa región oscura. Los lectores de novelas confiamos en los novelistas para que vayan a esos lugares y regresen trayendo noticias. Pero nadie lo ha hecho hasta ahora. La presa, la gran presa de esa cacería, sigue escondida.

Ahí está el francés Frédéric Beigbeder, cuya novela Windows on the World es un amasijo de posmodernismo de segunda y apreciaciones sobre Estados Unidos que reflejan lo peor de los prejuicios europeos. Ahí está John Updike: sus talentos sobrenaturales no le alcanzaron para hacerle justicia a lo descomunal del tema en Terrorista. Ahí está Ian McEwan, que en Sábado tuvo la astucia de entrar en el asunto por una puerta lateral (el día de la manifestación en Londres contra la guerra de Irak) y por eso tiene mucho más éxito. El gran Don DeLillo es autor del esfuerzo más pertinente y, con mucho, más conmovedor: El hombre del salto (misteriosa traducción de Falling Man). En la primera página hay ya dos imágenes memorables: una es la de los papeles de oficina “con sus bordes cortantes” que pasan suspendidos en la marea de humo y ceniza; en la otra, el personaje tiene “trozos de vidrio en el pelo y en la cara, cápsulas marmóreas de luz y sangre”.

Pero ese día cuyo recuerdo estará por estas fechas en los artículos y las declaraciones de medio mundo, ese día del que se dice que nos cambió para siempre sin que repetirlo se haya vuelto un lugar común, sigue escondiéndose. La literatura necesita tiempo: son raras las buenas novelas que se escriben en el calor de los hechos que narran. Pero me pregunto: ¿cuánto tiempo más necesitamos?

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