Por: Hernando Roa Suárez

Nuestra Constitución y la construcción de la paz (II)

Impulsar una nueva cultura de paz, implica construir solidariamente formas de ver, pensar, vivir y sentir la ausencia de violencia abierta y estructural.

En el artículo anterior, nos ocupamos de precisar los conceptos de constitución y paz; características de la Constitución de 1991; y reflexiones en torno a la paz y la Constitución de 1991. Continuemos

Los derechos humanos y la paz. Para un demócrata, se presenta diáfano que la paz debe ir de la mano de los derechos humanos y de la construcción democrática en todos los ámbitos; del valor del trabajo y de la recreación. Y en tratándose de los deberes y obligaciones que nos competen a los ciudadanos colombianos ¿cómo no tener en cuenta que “el ejercicio de los derechos y libertades reconocidos en esta Constitución implica responsabilidades”? Pensemos en la reflexión que nos propone Bobbio: leamos la Declaración Universal de los Derechos Humanos y miremos alrededor: “¡Cuántas víctimas inocentes de crueles guerras, cuánto espíritu de atropello, de dominio, de perversidad, de desprecio al débil, de ciega envidia del fuerte! ¡Cuánto fanatismo! ¡Lejos queda la dignidad de la persona! La historia del hombre es vieja en milenios pero, comparada con nuestras esperanzas, acaba de empezar”.

La paz: un derecho y un deber. Preguntémonos ahora: ¿Cómo olvidar que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”? ¿Por qué no retomar en las instituciones educativas, su vocación de constructoras de paz, difundiendo en todos los establecimientos una nueva cultura inspirada en nuestros preceptos constitucionales? Me inclinaría a pensar que se han producido algunos hechos significativos, el surgimiento de organizaciones, la celebración de eventos nacionales e internacionales… y la inicialización de un nuevo y serio proceso de paz, que cuenta con gran respaldo internacional y de las mayorías nacionales.

Los estudios sobre la paz en Colombia. Pensando en los estudios sobre la paz, notemos que es necesario actualizarlos y profundizarlos. Entre nosotros se han desarrollado importantes reflexiones sobre la dinámica estratégica y coyuntural de la guerra pero parecería no haberse superado ese discurso y las perspectivas sobre la transformación positiva han quedado en suspenso. En cambio, sectores de la sociedad civil, en su conjunto, han abierto canales de reflexión y acción en torno a la paz, no sólo como expectativa o como ilusión, sino como un marco de entendimiento cotidiano para el desarrollo concreto de la democracia.

La disonancia entre el desarrollo académico y la dinámica social ha generado un vacío que es necesario llenar entre todos, y no sólo a través del trabajo de los académicos porque se correría el riesgo de caer nuevamente en los mismos errores cometidos hasta ahora. Si bien es cierto que la academia ha estado, en las diferentes convocatorias públicas, a favor de un nuevo esquema de convivencia, es tiempo ya de que se funde esa intencionalidad en una nueva vocación de servicio: la de repensar y elaborar los procesos de paz simultáneamente. Un camino significante para llenar el vacío es el Foro Agrario organizado por la Universidad Nacional y la Oficina de Naciones Unidas en Colombia entre los días 17 y 19 del presente. La metodología adoptada, permitirá que los 1.200 participantes, representantes de la Sociedad Civil, presenten sus propuestas dirigidas a la Mesa de Trabajo, convenida por el Gobierno Nacional y las F.A.R.C y reunida actualmente en Cuba.

Como universitarios, no debemos seguir siendo espectadores y la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun) y la Red de Rectores Universitarios por la Paz, (Redunipaz) deben seguir produciendo resultados para facilitar la presentación de alternativas complementarias que sean viables de implementación. Los universitarios estamos invitados a intervenir creativamente en el proceso de paz y a no olvidar que: Hacer no es agitarse; es realizar lo difícil. Nos corresponde intervenir en la más ardua tarea, donde está en juego el destino democrático de nuestra gran Nación. El espíritu belicista debe ser confrontado por una muy bien informada y planeada solución política negociada.

En nuestros días, los demócratas estamos invitados a ser constructores de paz y a comprometernos con esta causa. Me inclino a pensar que un colombiano constructor de la paz, la estudia individualmente y en grupo; reflexiona en distintas estrategias y tácticas y está dispuesto a contribuir en planes a corto, mediano y largo plazo, que conduzcan a su solución.

Si hemos de ser reconocidos como defensores de la paz, deben existir manifestaciones expresas de nuestro compromiso; y en él lo que está en juego es nuestro ser dinámico y creador; nuestro ser histórico. Comprometemos no tanto nuestro presente, como nuestro porvenir. Observemos que el carácter dinámico y creador de esta opción nos impulsará a excedernos y superarnos en el diseño y solución del más significante tema colombiano, sin cuya resolución sostenible el funcionamiento de la democracia será imposible. De cada uno de nosotros depende y la historia juzgará el papel que desempeñemos frente a la construcción de la paz, al enfrentamiento a la anomia (conductas desviadas) y a la atonía (falta de cohesión social) vigentes, y al fortalecimiento de nuestra democracia participativa. [email protected]

P.D. A los lectores y comentaristas, mis mejores anhelos por un 2013, pleno de realizaciones al servicio de la paz y la construcción de democracia participativa.

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