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William Ospina 17 Feb 2013 - 1:00 am

Nuestro Shakespeare de cada día

William Ospina

Leído en el Auditorio El Aleph, de Recoleta, en el III Festival Shakespeare de Buenos Aires.

Por: William Ospina
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Los periódicos del mundo publicaron la fotografía de un cráneo amarillento con el título: “¿Es, o no es?”.

Se trataba del cráneo de Ricardo III, y Shakespeare era la noticia del día. Ese hallazgo del esqueleto de un rey malvado perdido en el tiempo causa sensación porque es uno de los personajes más memorables de la literatura, pero también porque, otra vez, todo lo que toca Shakespeare se vuelve shakespeareano.

Pasa con pocos autores: lo que toca Kafka se vuelve kafkiano, se contagia de fatalidad y desesperanza; lo que toca Borges se vuelve borgiano, se hace laberinto y perplejidad. Shakespeare se apoderó de algunos de los símbolos más representativos de la condición humana y los ha convertido en escenas inolvidables.

¿Qué puede haber más shakespeareano que mirar un cráneo y hacerse preguntas? Pero todos nuestros temas tienen que ver con Shakespeare: el balcón de las despedidas, las brujas de folletín y sus horóscopos, los tribunales y su libra de carne, los motivos del suicida, el teatro en el teatro, las cabriolas de los duendes nocturnos, el asesinato selectivo, la política que escurre sangre. Esto es Shakespeare: un sedante que lleva a la muerte, un puñal gobernado por la ambición, un banquete con fantasma, el amor ahogado entre las flores, el cráneo que ríe, las burbujas parlantes de la ciénaga, el filtro de los finales felices, la gota de sangre que desborda a la ley, la joroba que sólo vemos en los otros, símbolos universales de nuestra conciencia atormentada.

También es shakespeareano que unas obras irrumpan en otras. La sentencia del desencantado que quiere morir no la pronuncia Hamlet sino Romeo: “Y sacudir de nuestra carne harta del mundo el yugo de las infaustas estrellas”. La sentencia clásica del vanidoso no la pronuncia el más bello sino el más deforme: “Alquilaré una docena o dos de sastres para que estudien modas con qué adornar mi cuerpo”. Y la meditación más desesperanzada sobre el destino humano no la pronuncia el pensativo Hamlet sino el impulsivo Macbeth: “La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea una hora sobre la escena y a quien después no se escucha más: es una historia de sonido y de furia contada por un idiota y que no significa nada”.

Ese mismo Macbeth se ha detenido en frases de filósofo que le corresponderían más al Séneca de la corte de Dinamarca: “Mañana y mañana y mañana, con sus pequeños pasos día tras día nos llevan hasta la última sílaba del tiempo recordado, y todos nuestros ayeres tienen antorchas que iluminan el camino de la muerte polvorienta”.

Suena a travesura que el cráneo bajo el parking en el Londres olímpico de 007 y de Mr. Bean no sea el de Yorick sino el de Ricardo III, cuya risa se parece más a esta época: la risa del gobernante cínico que dice de sí mismo: “Yo peco y soy el primero en empezar a regañar, y presumo de santo cuando más hago el diablo”.

Shakespeare, se sabe, es nuestro contemporáneo. Duró un siglo sepultado, pero cuando salió del sepulcro venía convertido en el peatón de nuestras ciudades: ya era gótico como nuestros jóvenes tatuados y enlutados; ya era romántico: podía sentarse a conversar con Byron, prestarle a Mary Wollstonecraft el cuerpo deforme de Calibán. En sus obras caben el viejo marinero de Coleridge y los entierros de Poe, pero también el absurdo de Bartleby, las dudas de Prufrock, los manifiestos gay, la liberación femenina, el travestismo, la rebelión de los personajes secundarios, la meditación sobre las drogas que hace fray Lorenzo en su herbolario, la justificación del vendedor de narcóticos en el boticario que se niega a vender un veneno prohibido. “¿Estás tan demacrado y tan pobre y rechazas este dinero por respetar una ley que no te respeta?”, le pregunta Romeo. “Mi pobreza consiente, no mi voluntad”, dice el hombre. “Es tu pobreza lo que compro, no tu voluntad”, responde el muchacho.

Basta saber que se han hecho en cine 277 versiones de Hamlet para convencernos de que Shakespeare es uno de los rostros del presente. Las ciudades de Shakespeare ahora están llenas de grafitis, sus entresijos del poder están como los nuestros llenos de corrupción y de trampa: sigue tan nuevo y perturbador que ni logra tener biografía. Cuanto más visibles sus personajes, más invisible: se confunde con ellos, aparecen polémicos retratos, la realidad se hace fantástica, el pasado se modifica, y de repente estamos ante 500 personajes en busca de autor.

Desde Shakespeare, Dios ya no consigue existir por fuera de sus criaturas; el hacedor se atomiza en sus obras, y Shakespeare labra, como Spinoza, el “mapa de aquel que es todas sus estrellas”. Borges sostiene que sólo puede ser todos los hombres aquel que íntimamente no es nadie, y Shakespeare va alcanzando ese ideal de extrema vacuidad. Se convirtió en sus obras, nos dirán, ya es sólo canto, como Ariel, ya es sólo música. Y como un eco en el vacío resuena el verso de Toulet: “Morir como los pájaros: sin dejar un cadáver”.

Para ello, nada mejor que la tesis de que Shakespeare no inventaba argumentos sino que los tomaba de otros: los mejoraba, los embellecía, los llenaba de gracia, de profunda y estremecedora verdad, pero casi todos venían de viejas crónicas y de teatros baratos. Qué imagen la de ese fantasma casi invisible que toma argumentos ajenos para mejorarlos, que termina siendo sólo armonía y el testimonio órfico de los milagros de la música.

Entonces terminamos sintiendo que Shakespeare es el lenguaje, sus declives y sus torbellinos, sus ternuras y sus ferocidades, el espectro de innumerables matices de la lengua que se multiplica en el prisma de las traducciones, para cubrir el globo.

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