Por: Cecilia Orozco Tascón

Nuestros "prohombres"

No hay muerto malo, según el dicho popular.

Acaba de suceder, sin que muchos parecieran ofenderse, con los homenajes desmesurados y desmemoriados en el espacio mediático y cínicos o indiferentes en la reacción pública que recibieron personas que no deberían ser objeto de admiración en ninguna sociedad, menos en la nuestra, tan necesitada de principios y prácticas éticas. El condenado por sus relaciones con los paramilitares Luis Humberto Gómez Gallo y el condenado por muerte “preterintencional” Diomedes Díaz fallecieron en los últimos días de 2013. Las reacciones multitudinarias de los seguidores del cantante y de los familiares y copartidarios del político fueron reportadas, como corresponde a su tarea, por la prensa. Al fin de cuentas, son hechos que reflejan a una nación sin cultura política y sin valores ciudadanos, apenas con unas cuantas identidades regionales. Lo cuestionable es que se hubieran dedicado a registrar con bombos y platillos el barullo popular por la desaparición del vallenato y a repetir, sin distancia, las respuestas del establecimiento al deceso del político tolimense. Excepción hecha de un editorial de El Espectador, de unos comentaristas y de unas pequeñas notas publicadas como para llenar el requisito, quien siguiera las informaciones podría imaginar que ambos fueron baluartes de la “colombianidad”, así, a secas, como si únicamente importaran los puestos que lograron, el uno en la música y el otro en la Rama Legislativa.

Luis Humberto Gómez Gallo, expresidente conservador del Congreso, fue condenado por la Corte Suprema en 2011 a nueve años de prisión (de los cuales pagó cinco), igual tiempo de inhabilidad para cargos estatales y multa de $6.000 millones por haberse aliado con el bloque Tolima del paramilitarismo. Después de muchas triquiñuelas, entre otras la de renunciar a su curul para que un fiscal lo absolviera, la Corte pudo probar que Gómez se relacionó con el extraditado narco alias El Socio, quien lo llegó a incluir en la “nómina”. Antes del fallo, sin embargo, Gómez Gallo hizo tantos intentos de desviar la justicia que si hubiera habido investigadores diligentes, habría sido sujeto de otros procesos. Uno de los testigos en su contra, Hernando Díaz, declaró que emisarios quisieron sobornarlo con $15 millones para que se retractara y que le ofrecieron que “confesara” que lo que había dicho contra el político provenía de presiones del héroe judicial —este sí olvidado en Colombia, pero recompensado por la ONU— exmagistrado auxiliar Iván Velásquez. La Corte ordenó en esa sentencia investigar al fiscal del caso, al defensor del Pueblo departamental, al delegado de la Procuraduría y a dos defensores suyos, todos por colaborar con Gómez. Semejante “proeza” contra la Justicia fue olvidada a la hora de su sepelio. En cambio, hubo presencia oficial de la Nación, del Tolima y de Ibagué para despedirlo como padre de la patria.

Diomedes Díaz fue condenado a 12 años de prisión, 10 años de interdicción de derechos y reparación económica a la familia de Doris Adriana Niño, una joven cuyo cuerpo fue tirado en un caño, como si fuera un bulto de estiércol, después de que pasara la noche anterior en el apartamento del cantante. Según la Corte Suprema, se probó que Díaz la asfixió en medio de una juerga con drogas y alcohol a las que él era tan aficionado. La extrema crueldad de matarla, así fuera sin premeditación, y después dejar que sacaran el cadáver y lo botaran lejos de su residencia no fue motivo suficiente para que sus seguidores dejaran de verlo como a un dios. Por eso lo ayudaron a huir y a ocultarse durante años mientras seguía componiendo y vendiendo sus canciones. Ahora van a su tumba a rogarle que haga milagros. No demoran en pedir su canonización. Está visto: nos merecemos nuestro destino. Pero no sobra recordar quiénes son los prohombres que dizque nos representan.

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