Por: Juan David Zuloaga D.

La nueva facción

Una nueva forma de oposición surgió hace unos meses. Y es una forma curiosa de oposición pues se trata de unos que se oponen a la paz.

Alegarán que no, que no se oponen a la paz, sino a una negociación con un grupo guerrillero, terrorista y traficante (y en ello llevan razón), que no muestra voluntad de paz. Es una lástima que en este país, ya dividido y en discordia, haya aparecido una nueva facción que quiere multiplicar el desorden y ahondar la discrepancia.

Lo único bueno —si del mal, siguiendo la conocida hesitación de Nicolás Maquiavelo, es lícito hablar bien—, el único costosísimo y dolorosísimo provecho que una guerrilla asesina y cruel había traído al país era haber hecho que un antiguo y estulto maniqueísmo que reinaba en él, violento por lo demás, al menos desde la Guerra de los Mil Días, remitiera. Pero esa inveterada oposición que había cedido, aparece ahora revestida de nuevas formas para seguir demediando esta atribulada Nación nuestra.

Antes al menos había algo claro: sabíamos cuál era el enemigo, y queríamos acabarlo. Tras décadas de guerra demente y asesina, tras un doloroso y lento tomar conciencia de que el conflicto armado estaba sumiendo al país en la desolación y la catástrofe, toda Colombia se polarizó en contra de unos grupos guerrilleros que asesinaban a los ciudadanos, bombardeaban los puestos de Policía, reclutaban niños, secuestraban a sus habitantes, traficaban con drogas, destruían los torres de energía de los pueblos, dinamitaban los oleoductos, aterrorizaban a sus gentes... Por ello, y siguiendo la oscilante lógica de esta guerra, tras un período de intensísima acción bélica, pareció razonable y oportuno intentar una negociación con una guerrilla que, por causa de las persistentes operaciones militares, estaba diezmada y desmoralizada y accedía a sentarse a una mesa de diálogo.

El momento era oportuno, pues cualquier instante es bueno para acabar la guerra, para intentar la paz. Pero no opina de igual forma esa belicosa facción que en lugar de acompañar el proceso ha querido entorpecerlo. Y quiere, además, quiere esta discutible bandería erigirse en conciencia moral del país. Y es curioso, pues no sólo podría criticársele su poca conciencia sino hasta su doble moral. Son unos pocos que no pueden imaginar el territorio nacional libre de violencia y por ello la consagran como inapelable necesidad histórica y como marco constitutivo de la Nación.

En cualquier caso, es menester no perder el rumbo, ni olvidar el objetivo: conseguir la paz. Y frente a ese objetivo inmenso y hermoso tendrían que dejarse a un lado las mezquindades políticas y las vanidades personales, y tendríamos que tener la suficiente perspicacia y la necesaria grandeza histórica para aprovechar esta valiosa oportunidad; oportunidad que no está exenta de riesgos y de dificultades, como nada lo está en esta vida.

 

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