Por: Piedad Bonnett

Para nunca más vivirlo

TODAVÍA SE ME HUMEDECEN LOS ojos cuando veo la imagen de Salvador Allende, ese pacifista, con la cabeza protegida por un casco y una ametralladora en la mano, mirando el cielo desde donde se desprendían las bombas sobre La Moneda.

Los estudiantes veinteañeros que éramos entonces, todavía ilusionados con los cambios sociales que prometía la Revolución cubana, vimos cómo un militar siniestro asesinaba ese otro sueño, el de una revolución adelantada por un demócrata ajeno a la violencia. Es verdad que múltiples errores de la Unidad Popular creaban ya dudas sobre la viabilidad de un gobierno que tal vez no estaba preparado para hacer el cambio social, pero la desfachatez del golpe y las atrocidades que desató la dictadura relativizaron y siguen relativizando dichos errores, producto del carácter audaz y apasionado del proyecto liderado por Allende.

Apoyado por los Estados Unidos, Pinochet se dedicó a perseguir, torturar y asesinar a los detractores de su régimen, a robar, como se ha venido a saber ahora, y a aplicar un modelo neoliberal que creó la ficción de un resurgimiento económico y tranquilizó a los grandes empresarios y a las clases altas, ese uno por ciento que posee hoy el treinta por ciento del ingreso y que hace de Chile uno de los países con más desigualdades sociales del continente.

Que cuarenta años no hayan servido para desterrar totalmente algunos de los arbitrarios cambios políticos que impuso Pinochet, ni para lograr una verdadera reparación de las víctimas, es prueba de qué tan lento y problemático puede ser el proceso de sanación y reconstitución democrática de un pueblo después de un régimen de terror. La sociedad está polarizada, muchos chilenos valiosos no regresaron del exilio, y sigue sin saberse toda la verdad sobre los culpables de los 3.200 muertos, los 1.200 desaparecidos, y las casi 38.000 víctimas de tortura. Aún hoy, el presidente Piñera, para dar contentillo a la derecha, tiene el mal tino de sugerir este 11 de septiembre que las políticas de Allende atrajeron los excesos de la dictadura. Sin embargo, que Michelle Bachelet, una víctima directa de ésta, haya logrado llegar a la Presidencia haciendo un gobierno progresista y hoy sea otra vez opción, muestra que todo puede cambiar. “La prensa, las víctimas y los investigadores sacan a diario verdades ocultas. Lo que ocurre hoy es un destapar de la historia”, afirmó Ricardo Lagos en reciente entrevista a este diario. “Para nunca más vivirlo, nunca más negarlo”.

El horror de nuestros últimos cincuenta años de violencia es distinto, pero es también horror. Más lento y arduo resulta aquí el desentrañamiento de la verdad, es cierto, porque viene de muy distintos frentes: guerrilla, paramilitares, narcotráfico, agentes del Estado. Pero de un tiempo para acá empiezan ya a confesar sus siniestras alianzas capos, parapolíticos, paramilitares, militares, guerrilleros. La cárcel se los va tragando y sus verdades permitirán, lentamente, indemnizar a las víctimas. Hasta un expresidente comienza ya a temblar y a tener que justificarse, gracias a las valientes denuncias de un magistrado. Ojalá que para que caiga el velo y se haga justicia no necesitemos, como Chile, más de cuarenta años.

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