Por: Andrés Hoyos

Obama, el timorato

Una corresponsal quisquillosa me reclamaba por haber llamado tímido a Obama en una columna anterior. Pues bien, lo he pensado mejor y creo que el adjetivo adecuado para calificar al recién reelecto presidente gringo sería “timorato”, un timorato con suerte.

Obama pertenece a un grupo timorato por definición: el de los así llamados liberales americanos, centrados políticamente en el Partido Demócrata. Pese a que este partido tuvo en el pasado al menos un líder audaz y visionario, Franklin Roosevelt, hoy en su seno las ideas socialdemócratas sólo son defendidas por una pequeña y poco influyente minoría. Predominan los tibios de corazón a los que el evangelista arrojaba de su apocalíptica boca.

La lista de lo que NO han logrado los demócratas es larga: E.U. no tiene un sistema nacional de salud (el enredado Obamacare todavía ni se aproxima), no ha conseguido abolir la pena de muerte, no tiene una política de inmigración moderna, no ha resuelto el absurdo problema de Cuba, no ha obligado a Israel a nada que roce con la sensatez, no firmó el protocolo de Kioto y está muy atrasado en materia ambiental, tiene vigente una de las tasas efectivas de impuestos más bajas de los países desarrollados, imparte una educación pública mediocre (la excelencia de las casi impagables universidades gringas debe mucho a los magníficos inmigrantes que reclutan) y sostiene una calamitosa prohibición y una Guerra Contra las Drogas, ambas antiliberales y criptorracistas, en cuya línea de flotación los estados de Washington y Colorado acaban de abrir un boquete al que habrá que dedicarle otra columna.

Lo que viene no lo predice ni Nate Silver. La primera incógnita es si Obama y los demócratas van a intentar avanzar en tan siquiera dos o tres de las tareas pendientes atrás descritas. Puede que sí, puede que no. La segunda incógnita es si el Partido Republicano se va a seguir radicalizando camino a la catástrofe. Porque las matemáticas no les dan: apostar a que una mayoría grande de hombres blancos mayores de edad permita ganar elecciones generales en USA es delirar. Si este partido fuera una empresa, iría derecho a la quiebra porque atiende un mercado decreciente, mientras que sus competidores atienden otro —mujeres, latinos, negros, asiáticos, jóvenes y demás— que crece mucho. Sin embargo, como de ideología se trata, el pragmatismo bien puede ir a parar a la basura.

Ahora bien, es en la paradójica frontera entre ambos partidos donde uno quizá note la tendencia futura. Opera allí una alquimia inestable: de un lado están las convicciones débiles de gente como Obama, que les han permitido a los iracundos del Tea Party imponer su agenda: mejor no alborotemos el avispero, dicen estos liberales, sin entender que uno no puede vivir con un avispero entre la casa y que por eso está obligado a alborotarlo. Del otro lado, está esa derecha a la que nadie le enrostraría timidez o moderación. Van por el mundo armados hasta los dientes, escasamente ocultan el desprecio que les causan las “razas inferiores” y aseguran no tener ni un centavo para gastar en el 47% de la población que no comparte sus valores y obsesiones. El problema no consiste apenas en la iniquidad de un orgullo tan retrógrado, sino en que es políticamente suicida. Por si acaso, muchos votos del 6 de noviembre no fueron a favor de Obama sino en contra de Romney.

De todos modos, los siguientes cuatro años van a ser muy entretenidos en Estados Unidos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Andrés Hoyos