Por: Reinaldo Spitaletta

Obama, Nobel de guerra

"Obama, tu país no tiene autoridad moral, ni legitimidad, ni legalidad para invadir Siria".

La rotunda expresión es de un premio Nobel de Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel a otro Nobel de Paz, el presidente de los Estados Unidos. Más que la interesada posición de Putin, el ruso, para que en vez de bombardeo se haga una inspección y los sirios entreguen las armas químicas, es más valiosa y humanista la carta que el pasado cuatro de septiembre le envió el gaucho al gringo.

En la epístola, en la que Pérez Esquivel recuerda el sueño de fraternidad de Martin Luther King, se dice que lo que motiva los planes de invasión militar norteamericana a Siria no es “la muerte de cientos de niños sirios”, sino que, en realidad, el objetivo de Obama y su corte es “Irán y postergar la concreción del Estado palestino”. Se cuestiona la vieja táctica del imperio de fungir como “gendarme del mundo” en nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

La historia, la reciente y la más vieja, demuestra cómo han sido los Estados Unidos los máximos violadores de la libertad, la democracia y los derechos humanos, además de la soberanía de los pueblos. Vuelve y juega una suerte de hipocresía, aupada por buena parte de Occidente, en torno a las armas químicas, que, además, son producidas precisamente por superpotencias como la norteamericana. Y ella es la que más utiliza y la que más posee tan terribles armas en el orbe.

Si bien es aberrante su uso, y más contra la población civil, no es con las razones de la fuerza y la invasión a un país soberano como se resuelve la tenencia de tales artefactos  destructivos. ¿Qué autoridad moral puede asistir a un país como Estados Unidos para erigirse como guardián cuando precisamente ha usado esas armas para el exterminio de civiles y no civiles? ¿Acaso se ha olvidado, por ejemplo, que Estados Unidos apoyó a Saddam Hussein, cuando era su aliado, en el uso de armas químicas para aniquilar a los kurdos y sofocar la revolución iraní? Así se lo recuerda el Nobel argentino en su carta.

A Martin Luther King lo asesinaron porque se oponía a la invasión norteamericana a Vietnam. Recordemos que en 1970, el Senado gringo informó que Estados Unidos había vertido en Vietnam una cantidad de sustancias químicas tóxicas, las dioxinas, equivalente a 2,7 kilos por cabeza. Este fue el origen de lo que en el país asiático se denominó “ciclo de catástrofe fetal”. Generaciones de niños resultaron afectadas por deformaciones monstruosas, como lo recuerda el periódico The Guardian. En Irak, las tropas de ocupación estadounidenses utilizaron fósforo blanco y uranio empobrecido.

A un estado militarista como el norteamericano, que además de fabricar armas, incluidas las químicas, las emplea para chantajear y, como se ha visto en Afganistán e Irak, para sembrar el terror y la destrucción masiva, le interesa poco el acuerdo de paz ruso sobre armas químicas. Es más: Siria es apenas un puente para ir por Irán. Y a Obama poco le debe preocupar una carta pacifista y sensata como la enviada por Pérez Esquivel.

Qué le van a importar la legitimidad y la legalidad, si en la historia “americana”,  la misma que incluye el decimonónico “destino manifiesto” (que Bush puso en boga con sus “providenciales” bombardeos), los hechos han ido en contravía de la autodeterminación de las naciones y de los pueblos. Ustedes, les recuerda Pérez, no tienen autoridad moral para invadir Siria ni ningún otro país “mucho menos luego de haber asesinado 220.000 personas en Japón lanzando bombas de destrucción masiva”.

¿A quién obedece Obama? ¿A las transnacionales? ¿Al clamor general de la gente en contra de la guerra? El caso es que, como la carta lo dice, el gobierno de Barack Obama se ha convertido en “un peligro para el equilibrio internacional y para el propio pueblo estadounidense. Estados Unidos se ha convertido en un país que no puede dejar de exportar muerte para mantener su economía y poderío”.

El sueño de civilización y libertad por el que murió Luther King, Obama lo quiere transmutar en una pesadilla para la humanidad. 

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