Por: Andrés Hoyos

Obama o la desnudez del imperio

Un buen amigo me recuerda con frecuencia que Obama se hizo en Chicago, una ciudad por cuya escalera política es imposible trepar sin repartir codazos a diestra y siniestra.

 El vicio del optimismo, que nunca se cura del todo, me llevaba a argüirle que bastaba con mirar los enemigos de Obama para entender que lo tenían atrapado y que era un buen tipo, aunque falto de arrestos. Hoy no queda más remedio que aceptar que Obama, pese a su fría elocuencia, es un paquete chileno. Un desliz de su canciller Kerry lo salvó de ejecutar un bombardeo mal concebido contra Siria para castigar a Al Asad por el macabro uso de armas químicas, pero si en esa encrucijada corrió con suerte, no por eso deja de ser un presidente descolorido.

Sus políticas erráticas han ido desnudando la erosión del poder americano en el mundo. Ahora caemos en cuenta de que Estados Unidos ya no es la fuerza determinante que cambia el curso de los acontecimientos en casi ninguna parte. A lo sumo logra leves desvíos. Vaya a saberse si lo que pasaba antes era que nos creíamos ingenuamente el cuento de un imperialismo todopoderoso que podía determinar a qué temperatura se tomaba la sopa un campesino del Tercer Mundo.

El devenir de Oriente Medio se les salió de las manos a los gringos hace mucho, si es que alguna vez estuvo en ellas. El Pentágono fue incapaz de forzar a los generales egipcios a hacer nada cuando decidieron tumbar a Mursi. En Libia, la intervención americana sí fue importante dado que enfrentaba a un régimen cleptocrático con muchas menos raíces de las que se pensaba, pero EE.UU. no tiene sino una tenue influencia en Arabia Saudita y, en cuanto a Israel, es mucho mayor la influencia de éste en la política americana que al revés. De hecho, el Estado judío hace décadas no les obedece a los gringos en nada.

En las Américas, Uruguay, un país de tres millones de habitantes, le pinta la cara al prohibicionismo del imperio y no pasa nada; dos estados de la unión proceden igual, y tampoco. Obama ni siquiera ha sido capaz de restablecer las relaciones con Cuba, vetusto tema heredado de la Guerra Fría.

Es cierto que la economía de EE.UU. luce ahora mucho mejor que cinco años atrás, cuando se anunciaba un desangre permanente por cuenta del desequilibrio energético y de la desindustrialización causada por la competencia china. En ambos fenómenos las tendencias hoy son contrarias y el país mantiene una notable ventaja en innovación tecnológica y un relativo predominio cultural sobre todo a través de los nuevos medios. Sin embargo, nada de eso es suficiente para hablar de un imperio fuerte.

Una de las razones de la debilidad americana es que EE.UU. no tiene a estas alturas un enemigo claramente definido que lo fortalezca. Pero venga de donde venga, esta relativa debilidad tiene dos caras. Por el lado oscuro, empodera a países como China y Rusia, cuyos proyectos internacionales conocemos mal, así estemos seguros de que son peores que los de los gringos. Por el lado luminoso, ya no tendremos al Tío Sam dándonos tantas órdenes y metiendo la nariz donde no le incumbe.

¿Será una maldición posmoderna que el poder pueda cada vez menos, como argumenta Moisés Naím? Obama no va a tomar ningún riesgo verdadero en sus tres años restantes. Esto, a juzgar por lo que pasó la última vez que un presidente americano tomó verdaderos riesgos e invadió Irak, no promete ser tan malo. Sí, por una vez seamos optimistas.

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